16 de diciembre 1999 - 00:00

"EL MILAGRO DE P.TINTO"

D espués de ganarse 45 premios nacionales e internacionales, incluyendo un Goya y ocho del público, con sus cortos «Aquel ritmillo» y «El secdleto de la tlompeta», a lo que debe agregarse un montón de avisos para diversas empresas, y una serie televisiva de muñecos, «Gomaespurna», el joven Javier Fesser hizo con uno de sus ocho hermanos (no es propaganda) la historia que ahora vemos, sobre un matrimonio que envejece esperando el hijo que nunca llega, pero en cambio le caen dos enanos extraterrestres, un grandulón salido de un loquero, etc., etc. Vistos los resultados, no se sabe si este muchacho es un joven director de cine publicitario que quiere elevar el nivel del cine «pasota» español, o es un auténtico pasota que quiere ironizar y degradar hasta la crueldad toda una iconografía del cine publicitario, y del cine a secas. Lo cierto es que logra ambas cosas.
Su comedia, que se ríe de los curas, las ciegas, los enanos, los nacionalistas, la educación sexual de una generación, las fábulas de la familia feliz, etc., es bastante singular, chirriante, y grotesca, y al mismo tiempo también tiene mucho cuidado formal, y señalable ingenio, es decir, es un poco al gusto de los guarangos habituales, y otro poco al gusto de alguien que maneja el oficio y puede incluso hacer cosas mayores. Puede, pero evidentemente no quiere, ni falta que le hace.
Por el momento, lo suyo es reírse un poco, alegremente, con relativa piedad, con ocasionales recursos poéticos bien manejados, e incluso con algunos saluditos a
Steven Spielberg (la búsqueda del extraterrestre), Julio Medem (ciertos juegos de coincidencias, insistencias románticas, y reincidencias), y Chuck Jones. En ese sentido, tiene algunos momentos realmente buenos, como el comienzo en un «manikomien», en blanco y negro, donde se habla una mezcla de falso alemán y otras lenguas europeas (la verdad, sería mejor si durara un poco menos), o, más adelante, cuando alguien sueña modernizar una fábrica de hostias, amén de la última media hora, casi enteramente disfrutable, siempre que se entre en su juego, por supuesto.

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