«Raíces» de Frida Kahlo, la artista que ostenta los mayores precios del llamado «arte latinoamericano
», título que etiqueta obras totalmente disímiles sólo por el lugar de nacimiento
de sus autores.
Cuando hace unas décadas las casas de subastas de Nueva York advirtieron la cantidad de latinoamericanos que viajaban a comprar en las subastas de joyas, que se realizaban en mayo y noviembre, pensaron que sería bueno organizar ventas con el criterio de presentar obras de artistas nacidos o que habían trabajado al sur del Rio Grande.
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Se calcula en aproximadamente 50 millones de dólares la recaudación que se obtiene en las cuatro subastas anuales. Cerca de sesenta por ciento de lo vendido es arte mexicano que tiene buena clientela en el Sur de Estados Unidos; quince por ciento es arte cubano que tiene en la Florida sus mejores compradores y el resto se divide en toda América. La presencia argentina puede estimarse en tres por ciento y en general son obras que salen de aquí y vuelven aquí, pero sirven para ser noticia o, al menos, como argumento para sentir que nuestro arte es demandado en EE.UU., lo cual no es cierto, desgraciadamente.
El crecimiento económico de la región en los últimos meses ha entusiasmado a las casas de subastas, que han tomado para la venta algunas obras en precios desmesurados. El mejor ejemplo es la obra de Frida Kahlo. Por «Raíces», uno de sus habituales autorretratos, en este caso de pequeño formato (30x50 cm), estiman lograr entre cinco y siete millones de dólares. Dudamos de que alguien pague este disparate por esta obra, por mas historial que tenga. Los mayores precios del denominado arte latinoamericano han sido dos obras suyas: uno de sus autorretratos vendido en 5 millones de dólares en mayo de 2000 y en 3.2 millones el que la representa a ella con uno de sus loros y que puede disfrutarse en el primer piso de Malba, ya que, como se sabe, fue adquirida en mayo de 1995 por el argentino Eduardo Costantini. Les siguen tres obras de Diego Rivera, vendidas en la década del noventa, en tres millones y dos obras de otro estupendo artista mexicano, Rufino Tamayo. El único no mexicano de este cuadro de altos precios es el chileno Roberto Matta, cuyas obras de la década del cuarenta son fuertemente disputadasy han llegado a 2,6 millones de dólares. En nuestra opinión, esta denominacion de «arte latinoamericano» es un verdadero dislate. En realidad es una estrategia comercial ya que no hay mayores argumentos que puedan sostener una identidad latinoamericana. Quien esto escribe sostuvo hace unos años en la Bienal de Cuenca esta postura ante la presencia de numerosos artistas de varios países de América. Cuando se les preguntó quiénes de ellos creían hacer un «arte latinoamericano», ninguno se sintió identificado con ello ni con esa intención.
Desgraciadamente no se vendieron bien los artistas mexicanos o colombianos en los remates de arte moderno, si no esta categoría de remates no existiría y veríamos vender las obras de Torres García o Xul Solar junto con las de Paul Klee y aquellos de sus colegas que tenían un lenguaje similar. Por supuesto, que los artistas argentinos sean conocidos y sus obras ofrecidas en remates en Nueva York es motivo de orgullo, no así esta estrategia de juntar a todos en una misma bolsa.
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