El objeto del deseo es aun más oscuro

Espectáculos

«Bienvenidas al paraíso» («Vers le sud», Francia-Canadá, 2005; habl. en inglés y francés). Dir.: L. Cantet. Int.: C. Rampling, K. Young, L. Portal, M. Cesar, L. Ambroise y otros.

El Haití de Duvalier, como la Cuba de Batista, adquirió la forma del paraíso sexual para muchos visitantes norteamericanos. Ambientada en las playas de Port-au-Prince durante los tempranos años '70, la nueva película de Laurent Cantet («Recursos humanos»), tiene una mirada poco habitual sobre tres de esos turistas: son mujeres, de una edad que oscila entre los 48 y los 55 años, y su aparente liberalidad no es otra cosa que un débil maquillaje.

Ninguna de ellas soportaría siquiera la mirada de un «afroamericano» en Harlem, pero viajan decididas a esas playas para entregarse sin culpa a esos jóvenes negros que esperan, año tras año, a esas «sugar mamas» a las que les dan placer a cambio de unos pocos dólares y algunas comidas. Testigo de ese circuito es Albert, un veterano posadero y chofer cuyos antepasados lucharon en las guerras anticolonialistas en Haití, y que consideraban a los blancos como seres inferiores. El, ahora, está sirviéndoles a las descendientes de los enemigos de su familia, y se siente tanto o más prostituido que los jóvenes que ponen el cuerpo.

«Bienvenidas al paraíso», sin embargo, no es un film político. O, en todo caso, lo es de una manera poco convencional: la frustración y el placer de esas mujeres, también desamparadas aunque al menos a salvo de muchas contingencias («un turista nunca muere», se oye decir en el film), suelen entremezclarse con la pobreza, la miseria, y la irrelevante muerte anónima de esos sementales de los años previos al Sida.

Y, si el sexo es siempre un lenguaje que excede en significados su simple mecánica, cuando se trata de mujeres en busca de prostitución masculina esa significación es, por naturaleza, mucho más compleja; a veces, hasta inexplicable.

Brenda (Karen Young) es una recién divorciada que acaba de experimentar su primer orgasmo a los 45 años; Ellen (impecable Charlotte Rampling en medio de los pecados), es la fría profesora universitaria cincuentona que sostiene la inexistencia del amor, y Sue (Louise Portal), empleada en una fábrica de electrodomésticos, puede llegar a desear un buen revolcón con la misma fe con la que podría esperar un doble aguinaldo.

El inteligente y fluido guión del film le otorga a los protagonistas, incluido el posadero Albert, su propio monólogo; por eso mismo, resalta mucho la única excepción: quien no habla nunca es el joven Legba (Ménothy Cesar, también un hombre triste pese a sus victorias eróticas) que, pese a la abundante oferta en las playas, se ha convertido en el único y oscuro objeto del deseo de dos de las mujeres, la confundida Brenda y la temperamental e indiferente Ellen. Vinculadas ahora por una rivalidad silenciosa, los dos mundos del film (el de las turistas pudientes y los servidores eróticos pobres) se multiplican y enriquecen: el tono se aparta del examen sociológico del turismo sexual e, introspectivamente, un nuevo drama de mujeres solitarias, que ni siquiera posee la mirada piadosa que le podría dar el humor almodovariano, va surgiendo a la superficie. El desenlace, duro aunque de una lógica previsible, no le quita valores a este logrado drama.

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