El "Patoruzito" de cine puede entretener a los chicos, pero sería mejor si tuviera la sencillez que tenían el personaje y la historieta.
«Patoruzito» (Argentina, 2004, habl. en español). Dir.: J.L. Massa. Guión: A. Nacher, sobre personajes de D. Quinterno; dibujos animados.
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En tan solo nueve meses, prácticamente al año de haber fallecido Dante Quinterno, y a 49 del surgimiento de Patoruzito, se hizo esta película, fruto de una rápida asociación donde «Canal 11» se abraza con «Canal 13» -que integra Patagonik-, el Corcho Rodríguez con Mario Pergolini, todos con la norteamericana Buena Vista Int., y entre otras varias empresas aparece la licenciataria Los Tehuelches, nombre ideal para un equipo de rugby, pero que a los viejos seguidores de la historieta les suena poco y nada.
Curiosamente, acá falta la Editorial Universo, esa que aún sigue sacando las «correrías de un pequeño gran cacique», aunque sea con esfuerzo y para contados kioskos, una editorial que los fieles aman, como el respaldo imprescindible de los sueños. Quién sabe qué dirían sus viejos libretistas Mirco Repetto, Mariano Juliá, y Laura Quinterno, ante las inútiles alteraciones que ahora aporta la pantalla: por ejemplo, prácticamente desaparecen Chiquizuel y Chupamiel, aparece un Baby Upa que rechaza la sopa, la Chacha habla hasta por los codos, los tehuelches viven en casas tipo indios pueblo del desierto norteamericano, y, cosa rara, el malo muere aplastado, en vez de ser entregado a la policía envuelto en las boleadoras de nuestro héroe. Etcétera, etcétera.
Quién sabe qué diran también los naturalistas acerca de los dibujantes, al ver un cóndor que aletea todo el tiempo, en vez de planear majestuosamente como es debido. Por algo los norteamericanos disponen dos directores en paridad de condiciones, dos guionistas como mínimo, y dos años largos de trabajo y asentamiento, antes de presentar sus dibujos al público.
Claro que, puestos a comparar, esta oferta de vacaciones hecha a la criolla también revela ciertos méritos. Por ejemplo, varias partes de la aventura, un viejo karateca ciego estilo David Carradine en una cinta esotérica, y, sobre todo, el incisivo naif de Alberto Grisolia, antiguo colaborador de García Ferré. A destacar, en este caso, una fiesta en el pueblo, y una milonga rockera cantada por el malo (el típico extranjero peligroso de las aventuras originales), a cuyo término un gaucho borracho grita «¡Viva la patria!» y se va al suelo. A propósito, este tema lo canta La Mosca, y se oye bastante bien. Pero el resto de la banda musical, aturde sin que se entienda. Aparte, algunas voces son lamentables.
Con un poco más de sencillez, como es el mismo personaje y la misma historieta, hubiera salido mejor aun en el corto tiempo que se dispuso.
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