23 de septiembre 2004 - 00:00

"El perro": un cuento simple y placentero

En «El perro» se reencuentran el paisaje patagónico, el tono cordial, el ingenio narrativo y el cariño por las cosas sencillas que trasuntaba el anterior film de Carlos Sorín.
En «El perro» se reencuentran el paisaje patagónico, el tono cordial, el ingenio narrativo y el cariño por las cosas sencillas que trasuntaba el anterior film de Carlos Sorín.
«El perro» (Argentina-España, 2004). Dir.: C. Sorin. Int.: J. Villegas, W. Donado, M. Estévez, C. Rossi y elenco.

Algunos de juicio apresurado pueden pensar que «El perro» es como un bonus de «Historias mínimas». Una cuarta historia, para acompañar a las tres de la película anterior. En todo caso, ¿cuál sería el problema? Placenteramente nos reencontramos con el paisaje, el tono cordial, el ingenio narrativo, el cariño que trasuntaba aquel film por las cosas sencillas, y esa visión amable de la gente, y de las sorpresas, que uno puede encontrar bajo el inmenso cielo austral, donde todo pareciera desamparado, y sin embargo, a poco que se atiendan las señales, se revela cubierto de bendiciones.

El personaje protagónico es, en este caso, un hombre de mediana edad, admirado de la vida, y resignado a que la vida no le brinde nada admirable, un hombre manso, que lleva en el rostro ese viejo refrán de «al mal tiempo, buena cara». Es cierto que sufre mal tiempo, allá, desocupado por el cierre del negocio donde trabajó tantos años, pero él se las rebusca, y un buen día, por hacer un favor desinteresadamente, sin que él lo pida, le pagarán con otro favor, enorme, tamaño perro, que ha de rendirle sorprendentes intereses.

Atrás suyo, también tendrán suerte «el malo Galván», un peón que tal vez no sea malo, y más adelante una mujer que canta en árabe por fonética, y le vendría bien tener alguien con quien charlar, y también unos hombres respetables, gente grande, entre ellos hasta un gerente de banco, capaces de portarse como niños cuando descubren un perro. Claro, no todos tienen suerte, pero quizá todo dependa de la predisposición que muestre cada uno. Por ahí va el cuento.

El director Carlos Sorin, por ejemplo, está dispuesto a querer a esas criaturas, incluyendo al perro, que tratándose de un dogo argentino es bien expresivo, aparte que tiene una estampa que parece John Wayne. El director, además, pone sobre personas y situaciones una mirada sinceramente afectuosa, y es realmente muy hábil en eso de elegir rostros singulares, y hacerlos memorables. El sabe cómo destacar a cada persona que aparece por la pantalla, aunque esa persona carezca de experiencia actoral (es que precisamente por eso, bien llevada, sale mas natural y creíble). Pero no se trata sólo de inventar personajes. Sorin nos muestra, además, una clara confianza en las vueltas de la vida, que, con suavidad casi perfecta, servirán a su cuento. Un cuento simple, delicioso, pleno de ternura.

No conviene agregar más, para no quitarle placeres al lector. Corresponde, eso sí, advertir que «El perro» carece de la honda emoción de «Historias mínimas». Uno puede salir del cine pensando que vio una película chiquita, y nada más. Pero qué grata es, qué bonhomía que reparte, y cómo llena el alma de aire puro... Vale la pena.

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