14 de agosto 2002 - 00:00
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Sylvia Molloy
Periodista: ¿Cómo surge la idea de «El común olvido»?
Sylvia Molloy: El tema de la memoria me viene interesando desde hace años. Me atraía ver como el que narra su vida maneja la memoria, que recuerdos elige conservar y cuales no. Esto en un plano crítico. En el personal el ímpetu que me llevó a pensar una ficción sobre las estrategias del recuerdo, fue que mi madre, unos años antes de morir, empezara a olvidarse de cosas. Y no simplemente olvidarse, a tener huecos de memoria, notaba que había un trabajo muy activo de memoria, pero de una memoria que desvariaba. En vez de decir mi tío, decía mi sobrino, alteraba los lazos de familia. Incluso contaba cosas que yo pensaba estos no pueden ser recuerdos de ella, porque debía ser muy chica, se apropiaba de recuerdos ajenos. La memoria en ella se había vuelto porosa y desordena. Me parecía muy triste en el plano personal, pero fascinante desde el punto de vista narrativo porque me permitía intuir las posibilidades de creación en ese deterioro.
P.: Eso aparece en su novela en la tía del protagonista, un hombre solitario. ¿La soledad le propicia redescubrir su pasado?
S.M.: Esa soledad lleva a la autorreflexión, y eso a procesos de recuerdo. En el personaje de «El común olvido» es un tratar de descubrir lo encubierto del pasado, y lo hace a partir de fragmentos que ha dejado su madre.
P.: En su obra va del diario íntimo al suspenso del policial...
S.M.: Me gustan esas mezclas de géneros. El diario como intento de captar una cotidianeidad y detener una subjetividad día a día. Daniel empieza a registrar en el diario, cuando la madre empieza a perder la memoria, no tanto el hecho de que recuerda, sino el hecho de que olvida. Me pareció una paradoja. La novela es una suerte de patchwork, y a través de él se ve la pesquisa hacia una revelación que hace el tejido de la obra.
P.: ¿Porque desliza referencias a textos de Borges, Cortázar, Bioy, Bianco, Puig y Rulfo, entre otros?
S.M.: Me interesa el trabajo de cita, el traslado de textos, la idea de préstamo literario. Hay muchas alusiones. Y frases literales que no son memorables, son un detalle. Era un modo de sentirme acompañada, de integrar voces de la literatura, no sólo argentina, a mi texto. Son pequeños secretos. Si el lector reconoce el guiño lo disfrutará como placer adicional. No busco presentar un misterio para que se descifre, es simplemente un gesto de amistad.
P.: Muestra un Buenos Aires en decadencia, empobrecido, sucio. ¿Escribió su novela en el último año?
S.M.: La novela viene escribiéndose desde hace años, veía lo que se iba a venir. Queria recrear un Buenos Aires hecho de otras voces literarias, de las sucesivas percepciones que iba teniendo de esta ciudad a lo largo de mi vida. También pensaba en el más misterioso Buenos Aires de los años anteriores a mi nacimiento. O del de mi infancia, donde no se tiene aún sentido de la ciudad. Un poco como Puig oía hablar a sus tías, yo oía hablar a las mías y quería recobrar esas voces, eso términos, esas afectaciones. Me parecía una cierta arqueología personal. Mas que nostálgico hay algo de melancólico. Pero también hay humor como una manera de parar lo melancólico.
P.: ¿Por qué esta novela y en «En breve cárcel» eligió protagonistas homosexuales?
S.M.: Es una postura de denunciación y una mirada que me importa, son personajes un poco desprendidos, están sueltos, mirando el mundo desde la orilla. Me atraen esas miradas desde la orilla, por eso me importa la mirada de Borges. Daniel es un exiliado, un traductor. Una serie de hechos hacen que mire las cosas de modo diferente. Vive afuera, tiene una sexualidad minoritaria, tiene que traducir todo el tiempo para poder entender lo que ve, es bilingüe o trilingüe, eso me parecía un perspectiva atractiva. Además, está siempre en tránsito.
S.M.: En pensar como se recuerda, qué hace la gente cuando se quiere presentar a un lector, como se vende el autobiógrafo. El presupuesto de la autobiografía es «yo te voy a contar la verdad, lector», pero claro nunca toda la verdad, elige lo que cuenta, hace un patchwork con sus recuerdos. En las grandes biografía del siglo XIX de grandes hombres, porque hay pocas mujeres, creen construir imágenes de si monumentales, heroicas, etcétera, sin fisuras. A mi una de las cosas que me interesaba era ver las fisuras, siempre se muestra la hilacha.
P.: ¿Cómo ve la literatura hispana en Estados Unidos?
S.M.: Hay un problema de monoculturalismo que responde a un monolingüismo. A pesar de que es una de la sociedades mas diversas que existen, el desdén de otros idiomas es bastante chocante. El norteamericano no es en general plurilingüe porque piensa que con el inglés le basta. Es un problema porque ahí entran las políticas editoriales y de traducción. Si el lector medio americano va a leer sólo en inglés, sólo se va a enterar de la literatura latinoamericana de las traducciones al inglés que de ella se hagan. Y lo que se traduce corresponde a la imagen que se hace ese lector americano medio de lo que es Latinoamérica, entonces está lo que cabe dentro de esa imagen y lo que no cabe. Uno de los casos más patentes de un escritor que no se ha leído porque no corresponde a esa imagen, si bien ha sido traducido, es Bioy. Recuerdo una reseña sobre él donde se decía: es un colaborador de Borges, escribieron juntos, pero no es tan bueno como Borges, cultiva la literatura fantástica y el realismo mágico, pero no tan bien como García Márquez. Lo cual es un disparate. El realismo mágico ha hecho grandes daños a la literatura latinoamericana. Borges contaba que en el siglo XIV descubrieron en Holanda a una sirena y lo sabios, como no podían clasificarla, la relacionaron de forma absurda con otros seres y cosas. Bioy era como esa sirena. El crítico era incapaz de leer a Bioy como Bioy, porque no responde a los estereotipos de recepción, y así se pierden muchos escritores que no llegan a ser traducidos.




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