4 de noviembre 2004 - 00:00

"El restaurante"

El buen samaritano y el suicida recuperado: Daniel Auteuil y José García en «El restaurante» de Pierre Salvadori.
El buen samaritano y el suicida recuperado: Daniel Auteuil y José García en «El restaurante» de Pierre Salvadori.
«El restaurante» (« Aprèsvous», Francia, 2003; habl. en francés). Dir.: P. Salvadori. Int.: D. Auteuil, J. Garcia, S. Kiberlain, M. Canto, M. Moretti y otros.

"El restaurante" es como «El placard» dirigida por Ingmar Bergman. Una comedia que posee algunas escenas desopilantes, especialmente una que se juega entre Daniel Auteuil y un completo desconocido que cena en una casa de comidas thailandesa, pero que a la vez soporta una serie de filtraciones dramáticas que no siempre la favorecen.

El problema de «El restaurante» no es la mezcla de registros. La disonancia y sus contrastes hay que buscarlos, en cambio, en los móviles de sus personajes, guiados por impulsos oscuros a los que el guión se ha fijado resolver a través de la comedia. La inseguridad y la culpa en un caso (Auteuil), la soledad y la absoluta falta de autoestima en el otro (José García), ambos tomados muy en serio. No hay mediación del ridículo ni de la liviandad, como ocurría en «El placard», cuyos personajes podían estar padeciendo las cosas más horribles pero sus comportamientos eran homogéneamente cómicos.

Más allá de esta inocultable característica, que a veces provoca abruptos cambios de clima y ciertos estiramientos, «El restaurante» es una película que tiene su mayor virtud en la reunión de dos intérpretes formidables, que forjan una relación tan interdependiente como enfermiza.

Son ellos Antoine (Auteuil), un aplicado maître de restaurante que se demuestra incapaz de manejar bien sus tiempos, sobre todo los que atañen a su vida privada (la pobre Maryline Canto languidece esperándolo), y Louis (García), un hombre abandonado por su ex novia, la bella florista Sandrine Kiberlain, desempleado y deprimido, y que al empezar el film está por colgarse de un árbol.

Antoine lo descubre, lo disuade con esfuerzo, y se echa encima una condena para todo su futuro. No sólo el maître se sentirá obligado a conseguirle trabajo y bienestar, sino que también se autoimpondrá la imposible tarea de reconciliarlo con la florista.

Como manda la tradición, entre el buen samaritano y el redimido no siempre hay que esperar la retribución justa y agradecida del segundo. El guión del film recorre, a partir del planteo, sus derivaciones y efectos más lógicos, en algunos casos bien resueltos y con gracia.

Además de la situación citada al comienzo, la mesa que
Auteuil comparte con un desconocido, el libro también suma algunos otros hallazgos de humor que revelan buen oficio por parte del director y coguionista Pierre Salvadori (este es su quinto largometraje, y el primero que tiene estreno comercial. En funciones especiales se han visto «La mentirosa» y «Mercaderes de arena»).

No es menos desopilante, por ejemplo, la escena en la que Louis debe rendir una prueba como mozo en el restaurante donde trabaja su protector, y junto con éstos podrían también citarse otros buenos momentos que contribuyen a darle más solidez a una película que, aunque ensombrecida por cierta indecisión genérica, es un buen entretenimiento.

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