3 de febrero 2000 - 00:00

"EL REY DE LAS MASCARAS"

A lguien dice, en esta formidable novela china con toques de aventura y melodrama: «Cada gota de bondad produce un mar de agradecimiento». A esta altura de la vida, cualquiera sabe que casi siempre es al revés: los mares de bondad apenas obtienen una gota de agradecimiento. Pero los héroes que aquí aparecen, en el momento más alto de sus vidas, saben algo más importante: «El mundo puede ser frío, pero aún existen los sentimientos».
La historia transcurre hacia los años '30. Un viejo solitario anda por los pueblos que bordean el Yan-Tsé, ganándose la vida como artista callejero. Aunque pobre, no es un artista cualquiera. Es el Rey de las Máscaras. Todos lo admiran. Y hasta el artista más prestigioso, el que mejor hace los papeles femeninos en la ópera, lo llama maestro y le pide que transmita sus dones. Sin embargo el viejo es terminante. Su arte morirá con él, ya que a su juicio no corresponde que lo hereden ni extraños, ni mujeres (y no quiere ofenderlo, pero...).
En el fondo, el Rey de las Máscaras hubiera querido tener un nieto a quien enseñarle esas cosas. De pronto, de modo patético, encuentra uno, en quien deposita todo su amor y su entusiasmo. Sin embargo, el niño esconde un secreto, y algún día el viejo lo va a descubrir. Al mismo tiempo, comenzarán otros hechos sorprendentes. Junto a una representación más que significativa de
«La Piedad llega al Nirvana», habrá secuestradores de niños, un incendio, un rescate que sin querer llevará a un grave equívoco, elementos policiales, un inocente a punto de ser usado como carne de escarmiento, artistas solidarios, displicencia gubernamental, insistencia inútil de los débiles, acción, dramatismo, despliegue, todo cuanto pueda ofrecer una buena novela, bien llevada al cine. El relato llega a su cumbre cuando, admirablemente, el más débil toma una decisión inesperada, llevándola a cabo realmente hasta las últimas consecuencias, y obteniendo así una salvación emocionante, sobrenatural, de ésas donde la vida y el arte se entremezclan y se subliman mutuamente... La película no termina ahí, pero es mejor no agregar más datos. A esta obra encantadora conviene llegar con la menor información posible, para así transitarla de sorpresa en sorpresa, de deleite en deleite, como corresponde. Eso sí, corresponde, lógicamente, insistir sobre la calidad formal, el detallismo extremo, lo fascinante de algunas escenas, lo inteligente del argumento, y la mano del director, WuTianming. A él no sólo le debemos esta joyita, sino algo menos evidente: en los '80, él fue quien, puesto a cargo de los estudios Xi'an, impulsó por su cuenta y riesgo el surgimiento de Zhang Yimou, Chen Kaige y otros notables, que cambiaron el cine de su país. Después, ya se sabe, vinieron el recrudecimiento de la censura, la represión de Tiananmen, la dispersión, y los cambios. Wu Tianming debió pasar cinco años de retiro y reflexión en Norteamérica, hasta que las aguas se aquietaron, y en China empezó a manifestarse una mayor amplitud política y comercial. Cuando volvió, en 1994, inició la obra que ahora vemos, y que él propuso como una forma entretenida de destacar viejos valores: la tolerancia, la integridad, y la cortesía.
En suma, un veterano digno del mayor respeto. Es bueno conocerlo (y además se puede llevar a los chicos).

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