Es difícil saber si en Berlín '97 competían películas mejores. En aquella oportunidad, el jurado presidido por el ex ministro francés de Cultura, Jacques Lang, dio el premio mayor a «Larry Flynt», y el premio especial a la película taiwanesa que ahora vemos, «El río», acaso porque su autor Ming Liang Tsai tiene lo que se llama «un corpus creativo», o un nombre dentro del cine «queer», dedicado a formas sexuales alternativas, porque había llamado la atención con sus películas anteriores («Rebeldes del dios Neon», «Vive l'Amour», y un documental sobre jóvenes con sida, «Mis nuevos amigos»), o porque una veterana cronista de «The New York Times» lo trató de maestro y dijo que el tipo «es puro simbolismo». Si es así, cabe observar que su simbolismo, una vez interpretado, resulta bastante pobre en comparación con el de otros artistas. Acaso también le dieron ese premio, y otros, en Chicago y Singapur, porque tiene labia. El dice cosas maravillosas, que «quería magnificar los significados simbólicos del río sucio», etc., etc., y ésas son explicaciones que conviene tener a mano, aunque sea para discutirlas, porque la obra por sí misma, monocorde y de factura casi amateur, resulta bastante poco convincente.
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En ella, después de tirarse a un resumidero, un joven empieza a sufrir graves dolores neurocervicales. Su padre homosexual trata de ayudarlo, y esto los acerca de un modo bastante especial, mientras la madre trabaja y mira videos sicalípticos, y una tremenda gotera va creciendo hasta inundar el departamento. En verdad, lo más interesante es ver cómo crece la gotera, y lo más intrigante es saber qué contiene la cajita feliz de la que comen a cada rato. Eso es todo. Algunos pueden considerar que es una película original e inteligente. Al resto le parecerá chocante y sobrevaluada.
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