12 de junio 2008 - 00:00

El romance de antes, la sabiduría de hoy

Hernán Piquín, el nuevo Aniceto de Leonardo Favio, con su gallo de andurriales que funcionacomo el símbolo de su personaje.
Hernán Piquín, el nuevo Aniceto de Leonardo Favio, con su gallo de andurriales que funciona como el símbolo de su personaje.
«Aniceto» (Argentina, 2008, habl. en español). Dir.: L. Favio. Guión: L. Favio, R. Mortola, V. Muriel. Int.: H. Piquín, N. Pelayo, A. Baldoni, J. Torres, L. Mazzeo, M. García, voces de F. Bloise y M. Guaita.

Quién pudiera llegar a la edad de Leonardo Favio con esas mismas ganas juveniles de seguir probando y descubriendo cómo se hace el cine, y en especial cómo hicieron el cine los maestros, y ese corazón abierto a la memoria y los afectos. Y la humildad, la afectuosa humildad de los grandes.

Días atrás, en su encuentro con la prensa (un encuentro, más que conferencia) contó que había querido hacer «algo, no digo distinto, porque hacer algo distinto es fácil, sino algo para extraer todo aquello que has visto y que aprendiste durante tu vida, y querés reproducir». Y agregó que se trataba de «una película como casi toda mi vida había soñado, que no sé si es cine, eso de incorporar la danza, pero con la que logré algo que siempre estuvo dentro de mí: bocetar, apenas, algo que le envidiaba a Kurosawa, la posibilidad de darle vida a las pinturas». Y eso es, precisamente, su «Aniceto», una pintura viviente de aquellos seres y aquel mundo que conoció, y compartió, hace años, y que ahora nos muestra, mediante una representación artística vibrante, que estiliza la trama sin hacerla falsa ni abstracta, sino aún más reconocible e impetuosa. Una vieja milonga, el artificio a la vista de un autito con altavoces, el canto más viejo de otra lengua, el rumor del agua que ondula llevándonos quién sabe dónde («agua del recuerdo, voy a caminar», decía otro poeta), la voz del narrador, y ahí estamos, ante un escenario totalmente construido para la ocasión, y al mismo tiempo totalmente cierto, porque es minuciosamente evocativo. Quien conoce las acequias, quien tuvo algún amor ahí donde terminan el alumbrado público y la calle apisonada, quien caminó como en el aire una noche de luna junto a los tapiales chorreantes de flores, lo vive como cierto. Ahí aparece, como un gallito de andurriales, el Aniceto, la mirada fija en su presa. Ahí lo ve la Francisca, con un temblor de animalito fascinado.

Lo que sigue, es esa historia que Favio contó hace años de un modo que hoy parece realista pero que entonces algunos veían como demasiado tieso. La misma historia, pero él ahora la cuenta de otro modo, con una comprensión, digamos, cariñosa del muchacho ocioso, gallardo, que se autodestruye por sus impulsos amorosos, y con un mayor detenimiento en la dulce figura de esa muchacha que será más tarde -y cuando ya sea tarde- el recuerdo más lindo y culposo de una vida breve. El argumento tiene, además, algunos cambios, todos para bien, pero no conviene anticiparlos.

Hernán Piquín, Natalia Pelayo (tan parecida a Elsa Daniel), y «la otra», altiva y ondulante, Alejandra Baldoni, bailarines clásicos, danzan el romance «y algunas cosas más», como decía el viejo título, en unos cinco números demasiado breves, cada uno bien distinto y más rico que el anterior, y brindan a la cámara, en primeros planos, unos rostros tan expresivos que nadie diría que es la primera vez que actúan en cine. Los inspira, seguramente, la música de Iván Wizsogrod, que parece llenarles el pecho, y la fantasía de Chopin por donde se cuelan los dedos de Miguel Ángel Estrella, inesperada y a la vez atinada mención del encuentro del gran arte con los pobres, pero, sobre todo, los inspira Leonardo Favio.

El dice que no dio mayores indicaciones, total a esta altura ya todos conocen su estilo, sus constantes. Descarga los méritos en los demás artistas y técnicos, en las coreógrafas Margarita Fernández y Laura Roatta, en el Amor Divino, en las selectas grabaciones de Alfredo De Angelis y Los Wawancó que amenizan el espectáculo. Tal vez tenga razón, y ya no necesite dar mayores indicaciones. Más bien, simplemente fluye, transmite, comparte. Y encuentra en los otros lo que él mismo da. Su próxima película, comentan los allegados, será sobre los recuerdos agradecidos de su propia infancia.

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