10 de abril 2002 - 00:00

"El verdadero independiente es el que tiene mucha plata"

Adrián Caetano
Adrián Caetano
"Ser independiente de verdad sale muy caro. El verdadero independiente es el que tiene mucha plata", declara alguien que sabe mucho de esto, el director Adrián Caetano. Como no tenía plata, tardó tres años en rodar su película «Bolivia», y uno más para estrenarla, aun habiendo ganado cinco premios internacionales, empezando por Cannes. Y no vive del cine.

Adrián Caetano:
El cine me deja vivir un rato, y otro no. Y la televisión es muy difícil, con una estructura que te supera todo el tiempo, y donde el tiempo es sádico, más que tirano. Pero a «La cautiva», en una sola emisión, la vio más gente que a «Pizza, birra, faso» (mi anterior película, codirigida con Bruno Stagnaro) en tres meses de cartelera. Aparte, hay experiencias muy gratas, como «Magazine for fai», donde me divertí, gané plata, y con Urtizberea me sentí cómodo. Le agradezco a Lucrecia Martel haber propuesto mi nombre, cuando se fue a rodar «La ciénaga».

Periodista: ¿Qué es «Bolivia»?


A.C.:
Iba a ser un mediometraje. Pero empezó a pedirme aire, y de a poco fui pensando «esto puede dar para un largo de 70 minutos». Después entró la productora Lita Stantic, y ya me dije «esto puede ser bueno». No es que empezáramos a derrochar cuando ella entró, sino que pudimos repetir algunas tomas. Lo que sí, la estética siempre estuvo pensada de acuerdo a las limitaciones: cámara fija, Super 16, blanco y negro, equipo reducido, todos de onda. Qué jugadores tenemos, bueno, con un empate estamos hechos.

P.: Terminaron ganando.

A.C.: Eso ocurre cuando te juntás con un montón de enfermos que creen en la película. Romina Lafranchini, que hizo el cuento original, sobre un boliviano empleado en un restaurante, Matías Mosterein, productor ejecutivo, Julián Apezteguía, que hizo cámara e iluminación con tres faroles de tubo que le consiguió alguien que trabajaba en un cable, los actores...

Por falta de presupuesto, Adrián Caetano tardó tres años en rodar y uno más para poder estrenar "Bolivia", un film sobre marginados con un elenco de actores no profesionales en su mayoría.

El es Freddy Flores, un instrumentista quirúrgico bien calificado, que integra un grupo vocacional, y ella es Rosa Sánchez, paraguaya, que entonces era empleada doméstica (filmábamos los fines de semana que la patrona la dejaba venir), y ahora tiene un almacén con su marido, y un hijo. También estaba el cordobés Héctor Anglada, con un personaje distinto al de «Pizza, birra...».

P.: ¿Hace de homosexual?

A.C.: El decía «Es tímido, por eso todos lo creen medio homosexual». Ahí lo dejamos. Y está Enrique Liporace, un señor. Nos conocimos filmando una porquería (yo era asistente de dirección), y me dije «vamos a llamarlo para hacer algo como la gente».

P.: ¿Qué película era?

A.C.: Esos bodrios que uno hace para comer. Encima después tuve problemas para cobrar.

P.: ¿Y «Bolivia», cuánto salió?


A.C.:
Si uno se pone a pensar, unos 25 días de rodaje dispersos en tres años, etcétera, deben ser tres o cuatrocientos mil pesos. Todo a pulmón. Al dueño del local donde filmábamos, el único pago es que comíamos ahí mismo. Y que un día hicimos una vaca y le pagamos la luz. No era una cooperativa, pero hubo espíritu cooperativo. La empresita se llama La expresión del deseo, igual que un mediometraje que hice antes. Quise ponerle La Sangre, nombre que usaba para mis primeros cortos, pero un día fuimos a registrarlo y hay como 500 tarados que se llaman La Sangre. Casi todos rockeros.

Deudas

P.: ¿Todavía tienen deudas?

A.C.:
Todas. Fuimos a Cannes y otros festivales, gracias a Onaindia, y ahora estrenamos gracias a Jorge Coscia. Sería una grasada olvidarlo. Pero mi mayor deuda es con la película misma. Le di todo lo que pude, pero siento que debí darle todavía más. Está más llena de problemas que de méritos.

P.: Sin embargo, los conocedores la elogian, y señalan particularmente su nervio, sus
logros de montaje y sonido...


A.C.:
Que me salieron de casualidad, ésa es la verdad. De todos modos, es cierto, como espectador yo prefiero una película llena de errores, pero con garra, y creo que ésta la tiene. Capaz que pude darle otro final, por ejemplo (eso lo pensé después), pero igual iba a estar librada al azar, e iba a hablar de personajes vivos. Esos tipos condenados a hacer, que todo el tiempo trabajan, pelean, ven cómo seguir vivos. No me interesan el cine de personajes aburridos, ni las películas aburridas.

P.: Hablemos del sonido y la música.


A.C.:
Para el momento culminante, elegí un silencio casi absoluto. Para mí, el silencio es el sonido más fuerte que puede haber, sobre todo si el público está enganchado. Si no, pasa como en la serie del Chavo, cuando todos se callaban en la escuela... Lo otro también fue bastante intuitivo. Como a la hora de trabajar me engancho con la música, me había comprado un CD de cumbias bolivianas. Ahí descubrí a los Kjarkas, y puse varios temas de ellos, muy fuertes. Tiene una tristeza, y un orgullo esa música... La realidad es muy dura, y los tipos siguen pensando en el futuro. En una de ésas, Bolivia tiene más condiciones para sobrevivir que Argentina, porque ellos saben lo que son, y nosotros no sabemos ni lo que queremos ser.

P.: También hay alguna cumbia suya. ¿Usted compuso las de «Pizza, birra...»?


A.C.:
No, ése fue Bruno Stagnaro. Pero en la que estoy terminando ahora, «El oso rojo», voy a hacer cumbias a morir. El tango ya no es más la música de Buenos Aires. ¿Cómo vas a representar con un tango a un tipo en ojotas y bermudas?

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