«Embriagado de amor» («Punch Drunk Love», EE.UU., 2002, habl. en inglés). Dir.: P.T. Anderson. Int.: A. Sandler, E. Watson, L. Guzmán, P. Seymour Hoffman y otros.
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Si bien tenían elementos fuertemente irónicos, «Boogie Nights» y «Magnolia», las dos películas que hicieron famoso al director Paul Thomas Anderson, no parecían indicar que este cineasta pudiera elegir como proyecto siguiente algo tan común y corriente como una comedia con Adam Sandler. Claro que «Embriagado de amor» es mucho más que una comedia de Adam Sandler. Es como si el realizador hubiera visto las películas anteriores de este actor observando en la superficie lo que era posible sacar de él, para obtener una rara mezcla de torpe a lo Jerry Lewis, excéntrico al estilo Jacques Tati y bufón de rostro serio tipo Buster Keaton.
La trama de esta película sorprendente e imprevisible es lo suficientemente delirante como para estar ligeramente inspirada en un asunto real: un consumidor descubrió que comprando cierta cantidad de productos alimenticios con una oferta especial de millas en una línea aérea, podía viajar por el mundo el resto de su vida sin gastar un centavo más. La acumulación de budines que hace Sandler soñando con viajar a Hawai a encontrar el romance de su vida es sólo el punto de partida de un argumento que por momentos parece tan desenfocado como los alucinantes dibujos psicodélicos de los títulos.
El traumado protagonista vive atormentado por sus siete hermanas, que le recuerdan constantemente el día que rompió un ventanal con un martillo; es chantajeado de una forma ridícula por la chica de una línea de charlas eróticas con la que ni siquiera puede entablar un diálogo coherente; en su pequeña fábrica queda en ridículo con sus propios clientes y empleados. Y lo único que puede hacer para mejorar la situación es repetir que es una buena persona, negar que alguna vez haya roto el vidrio con el martillo o decir que no lo recuerda, o encerrarse en el baño de un restaurant a romper todo lo que tenga a su alcance hasta cortarse las manos. Así contada, la historia no parece tan divertida y, en efecto, por momentos Paul Thomas Anderson diseña una pesadilla infernal, con música enervante -y brillante, compuesta por Jon Brion-con encuadres muy raros y un uso muy original de la fotografía para distorsionar las imágenes, hasta que las angustiantes carreras hacia ninguna parte del protagonista hagan pensar en los oscuros laberintos del alma humana. Entonces, de golpe, Anderson cambia de clima, el espectador puede dejar de preocuparse y todo transcurre pacíficamente, hasta que dos o tres secuencias más tarde el clima alegre vuelve a oscurecerse con un choque de autos, o un duelo entre dos hombres furiosos (Philip Seymour Hoffman hace un raro papel recio, con el talento de siempre).
Emily Watson es la chica que trae un poco de paz a la vida del pobre protagonista, y si lo consigue es por ser tan marciana como él. La química romántica es ideal, probablemente porque promediando la película el espectador no puede sospechar cómo se las arreglará el director para convertir un producto tan demente en algo parecido a una comedia romántica. Que finalmente es lo que es: una comedia romántica tan rara como redonda. D.C.
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