18 de enero 2001 - 00:00

Emociona un potente drama de inmigrantes

El trío protagonista.
El trío protagonista.
Sobre el odio, se impone el amor; sobre el rencor, el perdón; sobre el silencio, una comunicación que desechando el peso de la muerte, proyecta al hombre hacia un futuro esperanzado, en el que el dolor abona el territorio de un porvenir que a pesar de todo, aún puede ser venturoso.

Esto es lo que proclama «La bestia en la luna» de Richard Kalinoski, a través del encuentro de los inmigrantes que logran salvarse del genocidio turco y se establecen en Estados Unidos.

Aram Tomassian, el protagonista, se casa por poder con una joven a la que no conoce, para formar una familia que suplante a la que le fue arrebatada. Lo mueven la rebeldía, el deseo de revancha y un odio del que no puede liberarse. Se ha dedicado a la fotografía y en el lúgubre comedor de su casa, un retrato de su familia masacrada, impone el peso de la desdicha.

El hombre ha recortado la cabeza de los seres presentes en la imagen, para reemplazarlos con los de la progenie que él se propone fundar. Pero la mujer que llega quiere empezar de nuevo. Aunque ha sufrido, viene en busca de felicidad. Aunque ha sido devastada por la muerte, glorifica el don de la vida.

La pieza, sencilla y profunda, es teatro puro, acción continua que desarrolla un «crescendo» que no da respiro. Acción que es expresión purísima de lo que sucede en el alma de los personajes.

Aunque sencillísima, la pieza es absolutamente renovadora. Por el recurso de que sea un niño el que enlace las secuencias. El niño que fue alguna vez el anciano que narra. Por las discusiones en las que la pareja se enfrenta usando de diferente modo las palabras de la Biblia.

Por el sorpresivo amor que libera al hombre y arriba imprescindiblemente, como un aviso del destino. Por su coloquial tratamiento, que sin embargo alcanza la profundidad de una tragedia. Porque derriba todos los mandatos que se yerguen como custodios de la desdicha. Porque habla de la única revolución que nunca llegó a término: la que implica el mandamiento de amarse unos a otros.

Manuel Iedvabni
se enamoró de la pieza, y eso se nota. Su marcación es apasionada y participativa. Es como si impulsara a los actores desde adentro de sí mismos.

Y el resultado es estremecedor.
Iedvabni sabe que el teatro es el actor y esta certidumbre se refleja en los trabajos.

Manuel Callau se entrega con toda su alma al personaje de ese hombre al que la desventura priva de palabras y que finalmente cede a la arrolladora necesidad de afecto que llena su corazón. Su interpretación es memorable.

Malena Solda
compone con finísimos recursos a la huérfana que lucha para salvar su vida y la del hombre al que ha aprendido a amar a pesar de su laconismo y aparente dureza. Su personaje crece. La actriz cambia en escena, es un placer contemplarla.

Martín Slipak
es el niño. Un dechado de frescura y en-canto.

«La bestia en la luna»
ganó en 1996 el premio otorgado por la Asociación de Críticos de Teatro Norteamericano a la mejor obra fuera de la ciudad de Nueva York.

Un público que desborda la capacidad de la sala, la aplaude fervorosamente.

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