29 de noviembre 2000 - 00:00

En bienal cubana, el caos puede ser virtud

En bienal cubana, el caos puede ser virtud
(30-11-00) La Habana - A diferencia de las bienales de Venecia o de San Pablo donde se recorren kilómetros pero en espacios más acotados, donde los artistas en general están agrupados en los pabellones de sus respectivos países así como en los envíos nacionales, la VII Bienal de La Habana se constituyó en una especie de caza del tesoro.

Los mapas con la señalización de más de 30 lugares de exhibición, la superposición de actividades, seminarios, intervenciones urbanas, performances y la no identificación en gran cantidad de casos de la nacionalidad de los artistas dejaban una cierta sensación de frustración, ya que el boca a boca de lo que sucede indica que uno se está perdiendo cosas significativas.

Pero estas falencias se suplen por la eficiencia y amabilidad del personal, altamente preparado y consustanciado con la obra a su cargo, además del factor sorpresa que deparan los espacios, sobre todo aquellos del circuito de La Habana Vieja, con sus patios y su frondosa vegetación, además de la extraordinaria labor de restauración edilicia que se está llevando a cabo allí.

El lema «Uno Más Cerca Del Otro» quizá no se cumple geográficamente, pero sí en la mayo-ría de los envíos que responden a los conflictos actuales. El multiculturalismo, el nomadismo del descubrimiento del otro, el tratar de articular presente y futuro, el imaginar, recrear lo fantástico, no dejar que la tecnología con la correspondiente saturación informática suplante la comunicación entre los hombres, crear espacios de reflexión, intentar un escape a la dictadura y hegemonía del mercado del arte o a las instituciones transformadas en empresas patrocinadoras, comprobar que la tan mentada globalización no podrá destruir la identidad y poética de los artistas.

Sólo se pueden señalar algunas de las 800 obras de 170 artistas de 43 países aquí reunidos. En el extraordinario marco de las fortalezas del Morro y La Cabaña (siglos XVI y XVII), la instalación del cubano Carlos Estévez, refinados dibujos y poéticos mensajes sobre papel y botellas de cristal, que tiene como advocación el verso de Benedetti: «El mar es un azar/ qué tentación echar/una botella al mar», acción que se hará realidad al finalizar la Bienal.

«Writing in the Sand»
, del sudafricano Willhem Boshoff, texto escrito sobre arena con el que rinde homenaje a los milenarios lenguajes recientemente reconocidos en su país, antes marginados y sitiados bajo el mandato europeo y que ahora podrán sobrevivir. Sila Chanto (Costa Rica), propone un recorrido por un túnel, xilografía sobre tela, de cuerpos desnudos, sometidos. Albert Chong (Jamaica), una llamativa instalación cinética, ritual, de seres alados, cubiertos de corteza de árboles, rodeados de plumas. Paulo Climachauca (Brasil), una extraña instalación de piedras con canillas y candados, inscripciones de sustracciones matemáticas terminadas en cero, abierta a diversas lecturas también a la del futuro estéril de la tierra.

Ubicada cerca del mar, Los Carpinteros (Cuba), idearon una ciudad transportable en lona con edificios reconocibles de la arquitectura cubana. Julieta López Aranda (México-EE.UU.), alude a la comunicación e incomunicación forzosa durante la travesía aérea. Asistimos a la performance de Peter Minshell (Guyana), que transportó el Car-naval de Trinidad y al son de cantos y tambores, todo se volvió apasionadamente rojo. Arthur Omar (Brasil), y sus macabras fotografías digitales de los «24 estudios para la reconstrucción del Guernica de Picasso». También de Brasil, Ricardo Ribenboim, presenta una instalación de 3.000 inflables, «Virus, Atracción y Repulsión», formas larvadas que escapan literalmente del espacio donde estaban expuestos. Muy elocuente y dramá-tica «Y en el centro del sol habría solo silencio», instalación de una serie de refrigeradores que exhibían lenguas de yeso del paraguayo Osvaldo Salerno.

Como señalábamos al principio, caminar por La Habana Vieja depara infinitas sorpresas como entrar en la Casa de la Obrapía (Siglo XVII) y encontrar las excelentes esculturas y fotografías de Luis Zerbini (Brasil) que aluden a la clonación o el rollo de 800 metros que desde hace 15 años teje una artista de Guatemala con la que uno se sienta a dialogar y revalorizar con gran ternura el discurso doméstico, el chisme, el hecho cotidiano.

Otras muestras imperdibles: «La Gente en Casa», en un edificio recientemente restaurado anexo al Museo Nacional. Arte Cubano de los '60 a los '90, presidido por «El Tercer Mundo» (1966/67) de Wifredo Lam (1902-1982), donada por el artista al pueblo de Cuba. Una combinación de tecnología y ritual ancestral de la brasileña Diana Domínguez, «Transe:mi cuerpo y mi sangre», recibió uno de los premios UNESCO. La norteamericana, residente en Londres, Susan Hiller, colgó cientos de micrófonos por los que se escuchan narraciones fantásticas en distintos idiomas y con una frase recurrente: «Me dijeron que no dijera nada». En la Galería Carmen Montilla, «Ejercicios de Silencio», una extraordinaria serie fotográfica de alto voltaje de crueldad de Elsa Mora, nacida en Holguín, Cuba, en 1971. En la Galería Habana, muestra homenaje «Siempre Vuelvo», colografías de Belkis Ayon (1967-1999), un universo de mestizajes y sincretismo que nos había llamado la atención en 1997 en París. Poderosas, mágicas, sobrecogedoras obras de una artista singular del arte cubano.

La VII Bienal es un logro curatorial, largamente meditado, sin improvisaciones, carente de banalidad. No tiene características narrativas de tendencia alguna, los espacios, como lo señala su presidente, Nelson Herrera Isla, «devuelven el aura perdida en una atmósfera lejos de la nostalgia». La frase popular «aquí, en Cuba, todo es posible» está en el aire, también la solidaridad, la autenticidad del gesto alegre y el son que todo lo invade.

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