12 de junio 2003 - 00:00

"ENLACE MORTAL"

Escena del film
Escena del film
«Enlace mortal» («Phone Booth», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: J. Schumacher. Int.: C. Farrell, F. Whitaker, K. Holmes, K. Sutherland y otros.

A qué punto habrá llegado la moral de púlpito del cine americano que ahora hasta los psicópatas, como el francotirador de «Enlace mortal», toman el partido de las esposas engañadas. No es otra cosa lo que sufre en esta película el arrogante publicista yuppie Colin Farrell: cuando termina de hablar desde un teléfono público de cabina con su amiguita, un demente le avisa, por la misma línea, que no saldrá de allí, que lo tiene en la mira de su fusil, que debe llamar a su esposa para confesarle todo. Dentro de esa cabina, entonces, transcurren los 80 minutos de este thriller, que bien podría llamarse «El día del chacal de los hogares en peligro».

¿Por qué Farrell no llama a su amante desde el celular? Por dos razones: una, descabellada, porque se nos dice que su esposa le revisa al detalle las facturas. Menuda tarea tratándose de un publicista top, ya que mes a mes debería dar explicaciones del destino de centenares de llamadas a una mujer que, pese a imaginarla como una Sisebuta, sobre el final comprobamos que es modernamente «open mind». La segunda razón tiene más sentido: el guión de «Enlace mortal» data de hace 20 años, cuando no existían los celulares y Manhattan estaba repleta de cabinas públicas. La película, que transcurre en su integridad en un mismo escenario (la cabina sobre la avenida 8 y la calle 53), opone entonces al pecador acorralado y al invisible justiciero conyugal, que lo apunta desde alguna de las infinitas ventanas que dan al exterior. Por allí desfilan obstáculos que, a discreción del conductor del juego, serán eliminados o no: tres prostitutas que quieren usar el teléfono, el rufián, y por supuesto la policía, a cuyo jefe de operativo (Forest Whitaker) el guión tampoco lo priva de su propio número de contrición moral. En el nuevo Hollywood, pues, los criminales dementes se han convertido en el mejor aliado de los predicadores.

El director Joel Schumacher, especialista en películas de nervio (muy superiores a ésta, claro, como la tensa «Un día de furia») plantea visualmente la historia con sus buenas mañas, pero poco puede hacer contra las filípicas, o las escenas del más rancio psicodrama de arrepentimiento, de un libro que parece la versión bautista de «Gran Hermano» en la voz estudiadamente perversa de Kieffer Sutherland.

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