30 de julio 2004 - 00:00
Equilibrado documental
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«En algún momento dije que hubiera querido un padre vivo, y no un héroe muerto», comenta, y no se desdice. El suyo es un apretado, bien sentido, acercamiento de una hija a su padre, con particular mezcla de respeto y reproches, lo que es muy interesante, porque el aludido era un famoso líder montonero, el profesor Julio Roqué, alias Lino, muerto en auténtico tiroteo. Pero antes de llegar a ese episodio, surgen otros ajustes de cuentas, y también algunas sonrisas. Recuerdos de noviazgo, en boca de la esposa, Azucena Fernández. Pero de esa misma boca, también, surge la principal disidencia: «la vida es para vivirla, no para inmolarla». Luego viene el relato de la muerte, contado por el hombre que lo ocultaba, «el tío» Héctor Vasallo, el histórico Roberto Perdía, y otro ex guerrillero, Miguel ngel Lauletta, a quien alguien acusa de entregador y hasta de cobarde asesino. Hay un muy interesante contrapunto entre ambos, pero ahí la autora parece quedarse corta, o acaso prefiere no repreguntar, no echar a sus heridas la sal de las traiciones y mezquindades que también hubo en toda esa « gloriosa juventud» de los '70. En vez de contrapunto, el relato termina con un juego a dos voces: la de un ex militante, Pancho Rivas, que reconoce dudas y equivocaciones, y la de la hija y autora, que advierte el poco remedio de su obra, y se pregunta si el padre alcanzó a cuestionarse algunas cosas, en algún momento.
P.S.



