28 de julio 2003 - 00:00

"Escapo de simbologías y análisis socio-políticos"

Escapo de simbologías y análisis socio-políticos
El 18 de agosto se estrenará en el Teatro Payró «Maldita sea (la hora)», una pieza escrita y dirigida por Julio Chávez, quien ya había dado a conocer otros títulos de su producción en el marco de su Escuela de teatro. La decisión de acercar por primera vez una obra suya al público en general quizás tenga que ver con una mayor apertura en el plano laboral, la misma que lo llevó a aceptar un papel tan lejano a su personalidad como el del film de Adrián Caetano «Un oso rojo», por el que acaba de recibir el Cóndor de plata al mejor actor. «Maldita sea (la hora)» describe la convivencia familiar como una especie de infierno sartriano, en el que los hijos, ya adultos, siguen dependiendo económicamente de su madre. A cambio deben someterse a sus exigencias y a su abierto desprecio, ya que la mujer se niega a recibirlos en su cuarto. Las agresiones físicas y verbales son permanentes y estallan cada vez que aparece en escena la hermana menor, una retrasada mental a la que todos tienen la obligación de cuidar. En diálogo con este diario, Chávez anticipó que en octubre comenzará a grabar «Epitafio», una miniserie para la cadena HBO, escrita por Marcelo y Walter Slavich («El garante»), donde interpretará a un ex policía a la caza de un asesino serial obsesionado con los siete pecados capitales.

Periodista:
¿Cómo describiría a los personajes de «Maldita sea...»?

Julio Chávez: Son unas pobres personitas de un maltrato y una bajeza enormes, pero al mismo tiempos son sumamente reconocibles y pueden despertar una mirada piadosa. Siempre me gustó observar cómo se trata la gente. Nadie se da cuenta de los mundos increíbles que se construyen en la convivencia cotidiana. Entre el lenguaje, la subjetividad de cada uno, la necesidad de supervivencia, de vivir en tribu, se construyen unas ficciones increíbles.

• Humanidad

P.: ¿Cuál es el tema principal de esta pieza?

J.CH.: El sometimiento. Yo diría que es un tema que aparece en todas mis obras. Es esa cosa voraz que tenemos los humanos de exterminar al otro por el solo gusto de hacerlo sufrir. Los animales no hacen eso, ellos cazan, comen su presa y se terminó. A mí no me interesa ofrecer una reflexión socio-política, ni que estos personajes resulten particularmente densos. Cuando el objeto empieza a tener mucha teatralidad o demasiada simbología ya me deja de estimular. Yo necesito partir de una humanidad reconocible que puede ser la abuela de uno, la vecina o la portera. Es la señora que va a hacer las compras y es capaz de basurear a su marido.


P.:
Usted ya recibió los principales premios nacionales en cine, teatro y televisión, y se lo vio muy emocionado en la entrega de los Premios Cóndor. ¿Disfruta de eso?

J.CH.: Eso es algo que se cristaliza en el mismo momento que lo recibís y todavía al día siguiente, cuando te levantás, te produce una gran alegría. Pero no más que eso. Por otra parte, yo soy el ser más competitivo del mundo y cada vez que me ternan quiero ganar. Admiro a los que mantienen una actitud serena y generosa cuando el que gana es otro. No es mi caso. En los Condor me emocioné muchísimo porque en la ceremonia vi a actores que ya están muy grandes y que eran aplaudidos por sus colegas. Sentí que ese aplauso era una manera de celebrar el fenómeno de la vida. Desde otros puntos de vista estos premios son muy cuestionables, pero en ese momento me emocioné porque sentí que compartíamos la ilusión de que ese instante de felicidad iba a ser eterno... Es la promesa que Mefistófeles le hizo a Fausto. Todos fuimos un poquito Fausto ese día.


P.:
También el Festival de Toulouse le dedicó un homenaje...

J.CH.: Sí, pero tuve un motivo y una excusa para no ir. Primero, me dio mucho pudor recibir un homenaje así. Me parece que no tengo con qué afrontarlo y además había estallado la guerra de Irak una semana antes, lo que me sirvió como excusa para no ir. Finalmente no los convencí y creo que se sintieron ofendidos por mi rechazo. Ellos sienten que hacen tantas cosas por los países latinoamericanos que esperan un actitud más que agradecida de nuestra parte.


P.:
¿Por qué rechazó el papel de doctor Jano en «La niña santa», la película que está rodando Lucrecia Martel? Antes no había querido filmar «Un ojo rojo». J.CH.: Pero fue por un motivo diferente en cada caso. Cuando me ofrecieron el papel de «Un oso rojo» casi sentí que era una provocación a mi naturaleza ¡ofrecerme algo tan lejano a mí! Entonces la llamé a Lita Stantic para decirle: «Yo te agradezco en el alma, pero te voy a arruinar la película. Esto no es para mí.»

P.:
Menos mal que no le creyeron...

J.CH.: Ahí me di cuenta que estaba operando el miedo y entonces me animé. Lo que pasó con «La niña santa» es que leí el libro y me gustó mucho, pero había que irse a rodar a Salta por dos meses y para mí era muy complicado, además no quería cortar las actividades de mi estudio teatral.


P.:
Justamente, la productora Lita Stantic dijo que usted es el mejor actor que tenemos en la Argentina y un crítico local llegó a compararlo con Marlon Brando. ¿Qué opina de estos elogios?

J.CH.: Me parece que se van de mambo, como dicen los pibes ahora
(se ríe). Yo creo que esas cosas no se pueden ni escuchar. Yo no puedo decir que una crítica muy halagadora no me inflama en algún punto, pero trato de ser muy cuidadoso con eso. Nunca me voy a olvidar cuando hice «Homenaje», en el año '81, con Pepe Soriano y dirección de Carlos Gandolfo. Había tenido una noche de estreno muy buena, luego de un proceso de ensayo espantoso.
Cuando volví a casa estaba tan inflamado y tan creído de mí que pensé: «a vos te voy a bajar de un hondazo» y me puse a leer «Otelo».Al rato me dije: «Esto vos no lo hacés, así que andá bajándote del caballo». En general, siempre me ha resultado más nutritiva la confrontación y la pelea que el halago. Yo al halago lo vivo como una trampa.

Entrevista de Patricia Espinosa

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