21 de febrero 2002 - 00:00

Espléndida historia sobre dos seres bellos y anónimos

Mónica Villa y Antonio Ugo
Mónica Villa y Antonio Ugo
(21/02/2002) «Ojos traidores», de R. Cardoso. Dir.: S. Doria. Mús.: Ch. Novarro. Amb.: M. Solá. Int. M. Villa y A. Ugo. (Teatro del Pueblo).

Con modestia, ternura y una humilde dosis de lirismo, pueden contarse historias cotidianas, sobre personajes aparentemente insignificantes, y contarlas de un modo que suscite adhesión.

Este es el caso del espectáculo basado en «Ojos traidores», de Ricardo Cardoso, dirigido por Santiago Doria.

Superficie

Clotilde y Waldemar podrían ser sólo dos seres insignificantes que invitaran a la burla. Pero la compasiva y sutil mirada del exterior, no se queda en la superficie y bucea en el texto sencillo, extrayéndole toda su riqueza.

Resultado de esa mirada es un espectáculo conmovedor que, sin apelar a la grosería ni a la complicidad, habla de la complejidad de dos antihéroes: una planchadora y un camarero, cuyos caracteres podrían invitar al ridículo y al grotesco si se los observara con una óptica impiadosa.

Tratados con ternura, como lo hace
Doria, demuestran que hasta las criaturas más grises albergan en sus corazones bondad y luz.

Y además, sin pretensiones de hacer filosofía, dicen muchas cosas sobre dos almas casi chejovianas que, sin embargo, son profundamente representativas de esa «identidad nacional» tan a menudo precon
izada y aparentemente tan esquiva. La pieza habla sobre el amor. Sobre la necesidad de amor. Y lo hace de modo sencillo y profundo, a través de un texto que parece lleno de lugares comunes, a los que la dirección dota de significado. Doria ha trabajado especialmente con los actores y éstos han respondido a sus intenciones, creando a dos seres dignificados por la bondad y la pureza.

Placer

Es un placer seguir el juego de Mónica Villa y Antonio Ugo. Y es un placer porque el disfrute que brindan es el producto de su entrega y su sinceridad.

La dificultad de relacionarse de esos dos seres tímidos e inseguros, castigados por la vida, pero incapaces de rencor, va desapareciendo a medida que cada uno de ellos pierde el temor a ser herido y puede confesar lo más íntimo, como en un confesionario. Estableciendo las pautas de una relación lúcida y sincera que se intuye duradera porque se apoya en una manera digna de entender el amor.

La acertada y sentimental música de
Chico Novarro y la correcta ambientación de Maribel Solá, colaboran con el resultado.

Y hay un mérito mayor que se desprende del tratamiento de la pieza: un rescate de los valores populares y una apuesta a la esperanza.

Con muchos seres como todos los que concretaron el espectáculo, es posible apostar a que este país, suceda lo que suceda, saldrá adelante. Sustentado por valores, que siguen existiendo y son un reservorio inapreciable.

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