Estimulante estudio sobre inconfeso afán

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Thomas W. Laqueur «Sexo solitario. Una historia cultural de la masturbación» (Bs. As., Fondo de Cultura Económica, 2007, 503 págs.)

No es un libro para leer con una sola mano, como aquellos que sugería Rousseau en sus Confesiones. No sólo porque tiene 500 páginas, sino porque el autor, Thomas W. Laqueur, un historiador nacido en Estambul en 1945, docente en la Universidad de Berkeley, con enfoque dinámico, hace un barrido de teorías, costumbres y escándalos en torno a este «vicio que ya estaba maduro para la metáfora». Va desde el Emilio a las Confesiones de Rousseau, desde la hipocondría sexual sobre la que pontificaba el médico personal de la reina Victoria, pasando por los cargos que se le hicieron a María Antonieta, hasta la teoría de Freud, sin dejar de citar a André Gide ni a Gore Vidal.

Su hipótesis de que la masturbación es una creación de la modernidad, se apoya en un panfleto de 88 páginas conocido como Onania, obra de un prestigioso cirujano autor de pornografía médica soft; así registra que aparece como una enfermedad en 1712 en Inglaterra, que alrededor de 1930 dejó de serlo, pero que se afirmó como problema moral. El autor tamiza tres etapas: en el siglo XVIII la masturbación ilustra la relación del hombre con lo social y económico: «este desvergonzado esfuerzo por inventar una enfermedad y al mismo tiempo su cura a un precio exorbitante, se volvió el texto fundacional de una tradición médica que se convertiría en uno de los pilares de la medicina del Iluminismo y que ayudó a crear la sexualidad moderna».

La medicina como guía moral, «una suerte de ética de la carne», dice Laqueur y reflexiona que la pregunta verdaderamente inquietante es por qué el sexo solitario en especial se convirtió en un problema moral tan perturbador precisamente en la época en que el placer sexual comenzó a disfrutar de la mayor aprobación secular.

El proyecto iluminista de liberación -la entrada en la adultez de la humanidad-hizo del acto más secreto, privado, aparentemente inofensivo y más difícil de detectar, el eje de un programa para controlar la imaginación, el deseo y el yo liberados por la propia modernidad, señala y concluye que «La sexualidad de la modernidad probablemente sea el primer ejercicio democrático con igualdad de oportunidades» (...) «Es una alternativa barata y rápidamente disponible en épocas malas», y esto, documentado desde Diógenes hasta hoy, sin obviar a los sexólogos alemanes del siglo XIX.

Freud la llama «adicción primaria», y dice que como el alcohol el tabaco o la morfina sirve como «un sustituto por la falta de satisfacción sexual». La era post freudiana se inició en 1966 cuando William Masters y Virginia Johnson publicaron «Respuesta sexual humana», donde la automanipulación se consolida como «el patrón oro del placer». Y sigue Laqueur con un pormenorizado relevamiento de la literatura que se produjo en los años siguientes. Pero «para los hombres, mucho más que para las mujeres, la masturbación seguía llevando la carga de dos milenios de bromas y dos siglos de culpa. «Pajero» era (y es) el mote destinado a quien tiene dificultades para conseguir chicas.

Requiere escasa reflexión cultural describir por qué la peste, el cólera y la fiebre exigían una respuesta: mataban a la gente. La masturbación, por el contrario, no lo hacía, y nadie creía eso antes del siglo XVIII. Los médicos del siglo XVIII coincidieron en señalar a la masturbación como la actividad paradigmática de la mente, sintetiza Laqueur: «en ello estribaba su placer y sus posibilidades creativas, pero también sus peligros». Y subraya que su vinculación con la voluntaria movilización de la imaginación hacia la interminable creación del deseo como uno de los factores que la hizo tan amenazante.

Lo cierto es que dos siglos después, una de las pocas cosas en que estaban de acuerdo Freud y sus colegas era en la importancia de las fantasías que acompañaban a la masturbación. Pero antes de que se hiciera visible una perspectiva tan encantadora, pasaron más de dos siglos durante los cuales la masturbación quedó asociada a la mala conciencia.

Más adelante señala que es la actividad sexual más difundida y sin embargo la menos declarada: «sólo las preguntas sobre ingresos personales ocasionan una reticencia parecida». El especulador y el masturbador jugaban el mismo juego: la angustia por la masturbación era una expresión de la angustia por un nuevo orden político económico. El dinero es el mismo tipo de fetiche que el objeto de deseo masturbatorio. El intercambio real, igual que el sexo real, estimulaba la industria y la sociabilidad; el falso papel comercial, como la masturbación -sexo con nadie.

Con el advenimiento de la imprenta, la lectura se volvió privada y arrastró consigo las marcas peligrosas de la masturbación: privacidad y secreto, pero también compromiso de la imaginación, ensimismamiento y autonomía. En la época victoriana se consideraba que leer era potencialmente similar a masturbarse: un acto realizado sin otro propósito que el placer. «El lector se enferma al igual que el masturbador; la imaginación los infecta a ambos, y luego produce patologías cada vez peores», según el médico forense estadounidense Isaac Ray. De ahí que el auge de la novela tuviera tan mala prensa entre médicos y moralistas. ¿Cómo controlar la imaginación? Copiosa bibliografía sustenta este trabajo que no deja cabos sueltos.

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