21 de marzo 2007 - 00:00

Excelente recital del trío de Morelenbaum

El compositor y cellista brasileño Jacques Morelenbaum repitió el repertorio que ya presentóen Buenos Aires en 2005, con los no menos talentosos Carlos Balla en batería y LulaGalvao en guitarra.
El compositor y cellista brasileño Jacques Morelenbaum repitió el repertorio que ya presentó en Buenos Aires en 2005, con los no menos talentosos Carlos Balla en batería y Lula Galvao en guitarra.
«Festival Internacional de Jazz». Jacques Morelenbaum (cello). Con Carlos Balla (batería) y Lula Galvao (guitarra). Soporte: Paula Shocrón-Marcelo Gutfraind Cuarteto. (Teatro ND/ Ateneo; 19 de marzo.)

Aunque con Carlos Balla en la percusión en lugar de Marcelo Costa, el compositor y cellista brasileño Jacques Morelenbaum ya había presentado este proyecto en Buenos Aires a fines de 2005 en un concierto memorable en el teatro Coliseo. Pero este gran músico ya había adquirido prestigio y popularidad en nuestro país a partir de sus trabajos compartidos, en estudio y en vivo, con Caetano Veloso. Suyos son, por ejemplo, los magníficos arreglos para el álbum «Livro».

Este nuevo recital como parte del festival de jazz organizado por el teatro ND/Ateneo reiteró, en buena medida, lo de 2005. Morelenbaum recorre clásicos de la música de su país, como «Samba de una nota sola», «Para qué discutir con madame», «Otra vez», «Corazón vagabundo», « Retrato en blanco y negro», «El pato», entre otros. Y evoca nombres fundamentales de Brasil como Gilberto Gil, Chico Buarque, Joao Gilberto, Caetano Veloso, Egberto Gismonti -fue excelente, por ejemplo, la versión de -«Salvador»- y, por supuesto, Antonio Carlos Jobim, con quien también trabajó hace ya unos cuantos años. A eso sumó su tema «Aire libre», que escribió para una película holandesa.

El planteo arreglístico es sencillo. El cello asume, casi siempre -con alguna excepción en que ese lugar lo ocupa la guitarra- el papel de «cantante». Y es tan virtuosa su manera de tocarlo, con un «legato» nasalizado que rescata lo mejor del sonido de su instrumento, hasta hacerlo parecer una voz humana. Por su parte, la guitarra y la batería se reparten armonía y ritmo. Y sólo a veces incluyen improvisaciones que recuerdan que están tocando en un festival de jazz.

Desde ese despojo y esa economía de recursos y, por supuesto, con el talento de quien sabe distribuir los instrumentos y cuenta con músicos para eso, Morelenbaum nos recuerda que, cuando las canciones son buenas, no hace falta mucho más; aunque en este caso ni siquiera existe el artilugio de las letras.

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