12 de junio 2003 - 00:00

Excelentes Delmonte y Millán exploran culturas diferentes

D ice la leyenda que un mandarín contrató a un pintor para que pintara un paisaje del lago frente a su casa. Pasaba largas horas frente al caballete y la tela siempre estaba en blanco El mandarín le reprochó: «Te pagué para que pintaras el lago pero no has trazado una línea». «Estoy esperando ser junco, ser agua...», respondió el pintor. Esta anécdota Zen podría aplicarse a Alberto Delmonte cuando se planta ante la tela y espera que aparezca una imagen, producto de honda meditación ya que, según confiesa, nunca tiene un propósito deliberado.

Delmonte está indefectiblemente asociado a la cultura precolombina y al constructivismo rioplatense. Sin embargo no queremos insistir en esto para no encasillarlo ya que cada presentación suya, como la actual exposición en Palatina (Arroyo 821), revela cómo logra llegar a la esencia de la pintura, persiguiendo ese «quiero ser junco, ser agua...». Utiliza los clásicos recursos del hombre y su cultura, «zona pallay», y lo que la naturaleza recibe del hombre o «zona pampa». Otro de sus recursos es la arquitectura andina y de mezoamérica, por ejemplo, Tiahuanaco, los tejidos y las cerámicas de colores restringidos. Su paleta, en consecuencia, se limita a ocres y amarillos, negros y blancos, grises, y en esta ocasión, debemos destacar un azul modulado, color sacral, el de «Barca con Cruz del Sur y Luna», «porque me era necesario en ese momento», como lo fue algún lila en su anterior muestra. En el largo proceso frente a la tela, todo nace desordenado, empieza por un gesto, por un impulso y así reitera ciertos signos que están en la raíz de sus creencias. La flecha (poder de la creación), la escalera (ascenso hacia la espiritualidad), la semilla (la progresión humana), la espiral (la transición de la vida), ciertas letras y en estas obras, el número 33, fecha de su nacimiento, un capricho muy bien resuelto plásticamente.

En la gran mayoría de las obras hay una estructura vertical, totémica, un constante entrecruzamiento de líneas que intentan desplazarse más allá de los planos de color que las contienen. Ese nacer desordenado encontrará su cauce y al contemplador le llegará la unidad, el orden, el equilibrio, el ritmo y el tono, reglas que Delmonte no abandona pero de las que tampoco es prisionero. Tampoco es prisionero de supuestos valores creados desde el mercado, por eso, además de revelar su ser, su obra es universal y trascendente.

•Mónica Millán

Gracias a una beca de la Fundación Rockefeller para artistas de todo el mundo «Identidades en Tránsito», la artista argentina Mónica Millán (1960, Misiones), pasó varios meses en Yataity del Guayrá, un pequeño pueblo a 180 km de Asunción del Paraguay. La muestra «Situación de estudio, el vértigo de lo lento», que se exhibe en la Galería Luisa Pedrouzo (Arenales 834), es el fruto de una enriquecedora experiencia con los tejedores y bordadores del lugar que viven de esta noble artesanía transmitida de generación en generación. Mónica Millán los escuchó y recopiló sus historias de vida, su lenguaje sencillo y verdadero, su sabiduría, una visión del mundo que enfatiza el trabajo comunitario. Esta es la razón por la que los manteles tejidos y bordados en «ao poi» aparecen apilados, un homenaje a todas las manos que intervienen y que se inicia con aquel que recogió el capullo del algodón.

Se exhiben formas tejidas que están en la misma naturaleza de una zona lluviosa, húmeda, neblinosa y las figuras que Millán dibuja con levedad están insertas en ese paisaje de encaje, así como la letra de la narración parece minuciosamente bordada. En su muestra anterior había esculturas de adobe que llamó «recipientes», sobre los que pendía un capullo y de su interior se escuchaban los susurros de aquel que trabajaba la tierra. Ahora, los takurú (hormigueros que se encuentran en la serranía), la inspiraron para realizar estas formas cónicas con tierra, miel de caña y paja. Tienen una connotación religiosa, asociada con la comida, ya que según la leyenda, los takurú fueron los primeros hornos de barro. Millán incluyó las fotos de los protagonistas, un homenaje respetuoso de la artista hacia quienes le revelaron el secreto de un hacer ancestral. Esta artista genuina nos llevó en una ocasión por los senderos de un jardín bordado, algo amenazante. El paseo continuó por un inquietante y oscuro jardín de resonancias y ahora nos invita al privilegiado jardín donde los seres que lo habitan ofician un ritual que los pone a salvo de perder su identidad.

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