El psicoanalista y videasta Bernardo Kononovich presentará hoy a las 19.30, en la sala A-B del Centro Cultural San Martín, su película «Me queda la palabra», que realizó sobre la base de un grupo de testimonios de sobrevivientes de campos de concentración de la Alemania nazi y que viven en nuestro país, y en uno de un ex prisionero de un centro clandestino de detención en la Argentina.
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El valioso trabajo de Kononovich está sostenido en el alcance múltiple de la palabra como única vía posible de acceso al conocimiento, parcial desde luego, de aquellas experiencias límites que nunca podrán representarse quienes no las vivieron.
De ese modo, y antes que intentar una comparación histórica entre estos dos fenómenos de la historia del siglo XX, el film de Kononovich pone en escena un discurso, casi intercambiable, soportado por quienes fueron marcados por la experiencia de una virtual muerte en vida y una resurrección jamás sentida con alborozo. Por el contrario, se advierte en estos testimonios, en mayor o menor grado, esa terrible constante de vivir con culpa la supervivencia, ya sea en lo íntimo o bien sentirlo así en la mirada de los otros (sobreviviente famosos, como Primo Levi o Paul Célan por citar sólo dos, terminaron suicidándose).
La película también revela que todo relato de esa experiencia excede el simple nivel de «testimonio» para terminar siendo una recreación, casi corporal: no sólo, desde luego, un malestar por los recuerdos dolorosos, sino auténtica reexperimentación, de allí que algunos prefieran callar; otros manifestar que, si bien hablarán, jamás contarán «determinadas cosas», y otros (como señala Kononovich al comienzo del film) asumir conductas agresivas para con el entrevistador si media demasiado tiempo entre la aceptación a testimoniar y el momento en que esto se produce. «Me queda la palabra», título exacto que el autor cita a partir de una línea de Blas de Otero que cantó Paco Ibáñez, se inscribe en una línea de investigación que tiene como punto de referencia el monumental «Shoah» (1985) del francés Claude Lanzmann, con quien comparte, al igual que con el libro de Tzvetan Todorov sobre las experiencias liminares, la hipótesis de la imposibilidad de la «graficación» de esas escenas, y que hace de la palabra del superviviente el único pasaje que tiene el conocimiento para asomarse a la oscuridad de lo irrepresentable. Marcelo Zapata
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