"Familia rodante"

Espectáculos

«Familia rodante» (Arg.-Esp.-Br.-Fr.-Al.G.B.-, 2004, habl. en español). Dir. y guión: P. Trapero. Int.: C. Resta, L. Capurro, G. Chironi, R. Dobel.

Dos advertencias: como ya hizo en «Mundo grúa», en su búsqueda de naturalidad, Pablo Trapero recurre hábilmente a «no-actores» (mas aún, acá recurre a sus propios parientes, empezando por su abuela), y privilegia la captación del sentimiento, antes que la perfeccion formal. Dicho en criollo, más de una toma formalmente desechable se conserva sólo por la gracia irrepetible del diálogo entre los dos que allí aparecen. Naturalidad, entonces, y sentimiento en primer término.

Yendo a la historia: por la Ruta 14, rumbo a un casamiento en Misiones, viaja toda una tropilla de parientes. No digamos una jauría, aunque cada tanto algunos de sus miembros se gruñan, o se tiren tarascones. La historia es simple, los complicados son los parientes que uno debe aguantar, con esos conflictos que se van manifestando a medida que les calienta el sol: cosas de vieja, amores mal encausados, gente sin nada que hacer que aconseja y recrimina al único que hace algo, y no sólo nunca lo ayudan sino que encima causan problemas.

«Siempre el mismo sainete»
, dice por ahí la abuela, justo cuando el mayor problema acaba de explotar. Y es cierto. Como en un sainete criollo de argumento ajustable pero preciosas observaciones, estamos viendo la risa y la amargura, al mismo tiempo y en el mismo escenario. «¿De qué nos reímos?», diría entonces la pobre infeliz de «Esperando la carroza». De nosotros, era la respuesta.

Podría decirse también que la película es como la música que la acompaña, hecha de melodías reconocibles, ásperas, tiernas, y contagiosas, a veces de discutible ubicación (por ejemplo, una chacarera santiagueña cuando las imágenes nos muestran el campo entrerriano), y a veces con una ubicación memorable, con un guiño bien de conocedores. Por ejemplo, cuando hacia el comienzo de la historia empieza a atardecer, y la viejita va encerrando las gallinas en el fondo del patio, les va dando las buenas noches una por una, cada una con su nombre, y se oye en la armónica de Hugo Díaz aquello de «el músculo duerme, la ambicion descansa»... Qué nuestro es eso, cómo se va perdiendo, y en cuántos recuerdos nos envuelve.

La viejita había debutado en ese mismo patio, en
«Mundo Grúa». Acá la vemos en colores, más de cerca, de nuevo causándonos gracia, hasta que al final, con un simple suspiro, nos causa una inesperada melancolía, hecha de comprensión hacia los viejos, que se quedan solos en sus recuerdos, en el «pudo haber sido», en lo que se ha perdido. Ella no dice nada de lo que le pasa, se lo guarda para sí misma. Nosotros entonces sólo podemos sonreírnos, y quererla.

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