12 de junio 2003 - 00:00

Febril la mirada, tan llena de tics

Leticia Brédice y Adrián Suar
Leticia Brédice y Adrián Suar
«El día que me amen» (id.,Argentina, 2003; habl. en inglés). Dir.: D. Barone. Int.: A. Suar, L. Brédice, J. Leyrado, A. Casero.

E n este curioso drama de diván, Adrián Suar interpreta a un fóbico, o un deprimido, o un melancólico, o un agorafóbico. O todo junto a la vez. Se lo ve recluído permanentemente en su habitación y en el baño, declara que se quiere morir, luce siempre una barba de tres días y, lo más notable, sufre un compulsivo tic ocular: abre y cierra los ojos como shockeado, casi como si acabara de leer una planilla de rating que lo diera vencedor a Marcelo Tinelli por algunas décimas.

Pero la razón es otra: el abandono. Primero, el de su madre y luego el de su vecinita Mara ( Leticia Brédice), que en su afán por triunfar en la comedia musical se fue a vivir ocho años a Amsterdam y España, aunque ahora volvió y descubrió que el futuro está en hacer un casting con Alejandro Awada. Desde luego, en el enjambre patológico de Joaquín (el personaje de Suar) también hay lugar para el orgullo, razón por la cual se muestra ahora tan frío con ella. O tal vez sea por el intenso parpadeo ante su vuelta, vaya a saberse.

Lo que sí sabe Joaquín es su propio diagnóstico, que discute largamente con su psicólogo a domicilio Jorge Marrale, quien a su vez le opone un contradiagnóstico y le explica que es incapaz de ver que tiene un motivo para vivir, que no es otro que la Brédice, nada menos. Pero Joaquín, con tantos tics en los ojos, por supuesto no lo ve y se obstina en seguir sufriendo.

Es una suerte que no lo vea tan rápido, porque eso le provoca una internación en una clínica de Pilar donde uno de los pacientes es Alfredo Casero. Hay que esperar casi una hora y media para que aparezca pero, ¡al fin!, la película sale por un momento de su inacabable letargo, y recién allí se disfrutan sus improvisaciones («haceme el pajarito»), pero esto, como todo lo bueno en la vida, no dura mucho. En verdad, todo el guión parece improvisado, aunque no en el mismo sentido. Desfilan por la película, casi como figurantes, Juan Leyrado como el padre, en pareja ahora con una mujer peleada con el cirujano plástico; Cristina Banegas, como la descuidada madre de Mara, tan dada a las filosofías orientales, y la gran María Rosa Fugazot, limitada a un par de líneas en el papel de la criada de Joaquín, el chico rico que tiene tristeza.

Hay momentos francamente antológicos, como la detención de Mara cuando rompe un vidrio para entrar en su casa, o la escena de la pileta en la clínica, un compendio de psicología práctica explicada (es una pena que Marrale, ciertamente excedido de peso, no persuada tanto en el perfil de campeón de natación). Y queda, entre lo mucho inexplicable, por qué, si se buscó el mismo «target» de «Vulnerables», la aguja que mide el grado de «televisión adulta» bajó tantos puntos en la escala.

M.Z.

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