9 de septiembre 1999 - 00:00

"FELICIDAD"

A un en el improbable caso de que se ignore todo acerca de esta película feroz, basta ver las caras sobre las que abre la primera escena para comprender que no se trata de un canto a la vida. Todo lo contrario. Incluso habiendo visto el desangelado cuadro de la adolescencia que el mismo director pintó en «Mi vida es mi vida», es importante saber que aquí Solondz supera todo límite imaginable. De modo que quien busque entretenerse despreocupadamente hará bien en elegir otro programa.
«Felicidad» es una pormenorizada exposición de las graves disfunciones sexuales y sociales de una decena de personajes -empezando por un pedófilo que abusa de los amigos de su hijo de 11 años-, con una fran-queza que quita el aliento, entre otras cosas porque todo el film está recorrido por un humor más corrosivo que catártico. Pero, sobre todo, porque lo decididamente perturbador está más en lo que se habla que en lo que se ve, ya que las imágenes más fuertes no van mucho más allá de las que proporciona cualquier comedia boba-escatológica estilo «Loco por Mary» (aunque así y todo «Felicidad» se vio cortada en los Estados Unidos). A la shockeada platea le queda todavía algo más traumático, y es que aún el violador de menores dista mucho de ser un monstruo obvio de esos a los que nos tiene acostumbrados el cine. De Hollywood, especial-mente. La charla final con su hijo ilustra al respecto, al punto de hacerse directamente insoportable.
El concepto de normalidad es justamente lo que
Solondz pone bajo su crítica lupa que no conoce de «corrección política», a través del entrecruzamiento de desdichas de tres hermanas muy diferentes. Entre la «felicísima» ama de casa, ciega al insano descontrol de su marido ante un prepúber que podría ser su hijo, y la estereotipada escritora de bestsellers (sexuales), está la pobre Joy, que a los 30 años ha fracasado en todo como para vivir todavía en casa de sus padres, los que a su vez están por separarse al cabo de 40 años de matrimonio.
Con su cadena ininterrumpida de calamidades a cuestas,
Joy es la única que causa gracia, y eso ocurre porque probablemente sea la única que genere algún tipo de identificación en el espectador. Los demás (también hay un obeso obsesionado por su vecina escritora, pero incapacitado para otra cosa que masturbarse mientras despacha procacidades por teléfono, por ejemplo) provocan demasiado espanto, porque como ya quedó dicho, son gente con la que uno puede tropezar perfectamente en el ascensor.
Pese a que el mismo Solondz dice que le costó mucho conseguirlos, dada la revulsiva naturaleza del guión que les ofrecía, cada uno de los actores contribuye a la implacable verosimilitud del film, a lo largo de casi dos horas y media que no se notan por la impecable manera de contar de este cineasta real-mente incomparable. Excepción hecha de un asesinato que se desvía de género y no aporta nada a la locura civilizada de todo lo demás.

Dejá tu comentario

Te puede interesar