7 de septiembre 2000 - 00:00

"FELICIDADES"

P ara nosotros las navidades no son como aparecen en las películas norteamericanas, sino más o menos como se muestran en esta película: desangeladas. Comedia bastante amarga, «Felicidades» viene a ser una relectura de la parábola del buen samaritano, pasada por el filtro de un muy argentino refrán sobre la suerte de los comedidos. Para el caso, un animador de mala muerte ofrece llevar en su auto a un pobre infeliz con penas de amor y ansias de viaje, un joven médico posterga su contacto con una linda chica para atender los requerimientos de un lisiado y un perro, y un tipo que anda buscando el juguete que le pidió su hijo debe bancarse varias horas como testigo de un curioso allanamiento, francamente muy representativo de nuestro ser nacional. No son éstos los únicos tipos sufridos que aparecen a lo largo de la película, precisamente sostenida en el entrecruzamiento de varias historias, y el encuentro, generalmente para mal, de variopintos personajes, pero ésa es la tónica.
Pero si los comedidos nunca salen bien, «Felicidades», en cambio, sale más que bien en casi toda su extensión. Se estira un poco, en ocasiones impresiona como un lote de cortometrajes, y a veces comete involuntarios homenajes, fruto de tanto ver cine (el único homenaje consciente que su autor reconoce es el del manotazo a una lámpara, que Bernardo Bertolucci hizo alguna vez como saludo a Jean-Luc Godard, y éste como imitación de Carol Reed, y así hasta llegar probablemente hasta Faraday, inventor de la lamparita eléctrica), pero nada de eso molesta demasiado. Al contrario, cabe resaltar un momento felliniano puro, a propósito de una usina en la noche, y tienen señalable calidad los diálogos y las situaciones, particularmente las referidas al mencionado allanamiento y al lisiado, un personaje cómico que llega a emocionar de modo inesperado.
Corrección: más que señalable calidad, ante algunos momentos de la película habría que decir notable calidad, resaltada por un elenco donde actores conocidos y no actores (sólo contratados porque sus figuras daban para el papel requerido) componen un verdadero fresco del país cotidiano, con sus absurdos y miserias, pero también con sus anónimas noblezas.
Lucho Bender, hábil director de cortos publicitarios, varios de ellos humorísticos, debuta con pie derecho en el largometraje. Pablo Cedrón, actor, y sobre todo en este caso, libretista, es ese pie derecho. Ojalá sigan trabajando juntos.

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