Finalmente, luego de anunciar que no iría, Natalia Oreiro cambió de idea y viajó a Mar del Plata para asistir a la proyección de «La peli».
Mar del Plata (Enviado especial) - Lo mejor del 22° festival marplatense de cine, hasta ahora, con llenos en todas las funciones, fueron la última comedia y la charla pública del maestro Mario Monicelli, y los cortos de animación de Caloi en su Tinta, que mañana también empiezan a darse para las escuelas, salvo, lógicamente, ciertos dibujos para adultos como «El carnaval de los animales», de la checa Michaela Pavlátová, con variedad de bichos muy ocupados en tareas reproductivas. Es una pena, repiten todos, que el festival no haya previsto un libro y una retrospectiva de Monicelli, como parcialmente hace ahora la Cinemateca Argentina en Sala Lugones de Buenos Aires.
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En cuanto a la competencia oficial, sin nada harto notable, aparecieron algunas cosas respetables. Alemania presentó «El hombre de la embajada», buen cuadro de incomunicación entre un empleado germano y una niña georgiana; «Madonnas», del subgénero joven malhumorada y maleducada que fastidia todo el tiempo sin mayor progresión dramática, y, con Bélgica y Holanda, «Khadak», atractiva fábula ambientada en Mongolia, al estilo del viejo cine poético de los pequeños países de la URSS, y con final ecologista, donde cada arbusto pasa a ser sagrado. Y Francia, «Quelques jours en septembre», thriller político entretenido aunque alargado, de Santiago Amigorena ( también él, muy alargado, de 1.90 de alto), que regala a su esposa Juliette Binoche un lindo personaje de killer, en competencia con John Turturro, que ante cada asesinato se comunica con su analista. «Es que mi padre y mi madre son psicólogos», confesó el director, a fin de cuentas porteño en Paris.
Sin mucho poder de síntesis, pero emotivo, el brasileño «O maior amor do mundo», de Carlos Diégues, donde José Wilker, enfermo de cáncer, recibe (imaginariamente, o no) el consuelo de la joven madre que nunca conoció. Mezcla de géneros, tiempos, y músicas, «es como un road-movie por el Rio de Janeiro más profundo y menos conocido», explicó el director, recordando luego sus otros dos grandes road-movies: «Bye, bye Brasil», también con Wilker, y «Deus é brasileiro», comedia donde «al final resulta que Dios no es brasileño. Pero tampoco argentino». La película incluye un recuerdo de cuando Brasil perdió el Mundial 1950 a manos de Uruguay.
«Yo tenía 9 años, y, por primera vez, vi llorar a mi padre. Es que creíamos que a partir de ese triunfo Brasil iba a ser el país del futuro. Desde entonces sentimos que eternamente vamos a ser, 'más adelante', el país del futuro. No importa que hayamos ganado otros mundiales. La primera ilusión, la perdimos para siempre».
Menos emotiva, y con la sensación de ser mucho más larga, se vio también la coproducción rosarino-montevideana «La peli», de Gustavo Postiglione, sobre una crisis de pareja, que ganaría mucho si cortara por lo menos media hora. Por suerte al final aparece Darío Grandinetti, recitando muy bien sus penas de amor, y el director de fotografía encuentra el trípode y deja la cámara quieta. Muy bien las uruguayas Noelia Campo y Natalia Oreiro, y curioso el recurso de presentar al personaje con tres actores diferentes: Carlos Resta, Norman Briski, y Grandinetti, un modo de recordar cómo cualquiera se siente cambiado cuando está en crisis. Lo más aplaudido, de todos modos, es cuando Briski mata a un conocido crítico de cine. «Briski me lo pidió», dijo Postiglione.
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