27 de octubre 2004 - 00:00
García Márquez, caro pero el mejor
• Gabriel García Márquez, «Memoria de mis putas tristes» (Bs. As., Ed. Sudamericana, 2004, 109 pgs. $ 24).
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García Márquez, en su nueva novela, vuelve a hacerle un regalo a la mirada central- europea con el telón de fondo de un continente que sigue siendo real maravilloso.
Este periodista y profesor jubilado que a los 90 años se le ocurre ir a un burdel a acostarse con una doncella de 14 es el significante de una vida despreciable, aficionado a la esclavitud sexual -que cultiva por encima de cualquier afectoque el autor usa para armar lo mejor del relato, la descripción del afán por aferrarse a la vida de la cual esa doncella dormida -Delgadina, nombre tomado de un viejo romance español que relata el acoso incestuoso de un monarca sobre su propia hijaes apenas el símbolo.
Esto lo tiene que saber el lector que busque en el relato un cuento de amor, trama ausente en estas «Memorias...», pero que está en la retina de los aficionados a García Márquez por sus antecedentes («El amor en los tiempos del cólera», ante todo). No es un relato de amor, ni el relato de sexópatas, ni una saga geriátrica. Como la ballena blanca del capital Ahab o el joven Tadzio de «La muerte en Venecia», la joven Delgadina funciona como descripción de la vida que se escurre al anciano protagonista que deambula por las galerías de su imaginación, fijado en esa muchacha por la que paga por verla dormir en un burdel espantoso.
Todo en el relato funciona para construcción de esta alegoría de la vida, del mismo modo como en Baudelaire la descripción de las perversiones de boudoir, la contemplación de excrecencias y putrefacciones, el retrato de monstruos y gigantas, servía para arrastrar al lector al testimonio del ideal, en este caso de la vida que se va entre los dedos al protagonista de las «Memorias».
Esta viñeta poética -el cuento de las «memorias» carece de peripecias, de interés por el cuento mismo-la logra García Márquez echando mano de todas las estrategias de la ilusión. La primera es la elección del idioma, cargado del español antiguo que resiste en los arrabales de Barranquilla (toda comunidad marginal conserva los arcaísmos que la gran ciudad echa rápido al olvido), y también en la poesía española menor que vive en la memoria de recitadores y declamadoras -los alumnos del personaje lo apodan «Mustio Collado», escarnio adolescente basado sobre la descripción que hace Rodrigo Caro de las ruinas sevillanas en «A las ruinas de Itálica» («Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado,/fueron un tiempo Itálica famosa»).
En un alarde de españolismo rancio echa mano de modismos del idioma que llevan al lector a una sana visita del diccionario: el día «había recordado» a las cinco de la mañana, dice en un pasaje, usando la tercera acepción de «recordar» que significa «despertar». Ese universo de burguesía pequeña y provinciana es el escenario de los grandes relatos que García Márquez complementa con pinceladas de ambigüedad en la búsqueda de significados que atrapen la lectura.
Llamar a la doncella Delgadina connota esa leyenda incestuosa del romance español, que pertenece a la misma enciclopedia mental («Hija mía de mi vida/oí bien lo que te digo/si no sos condescendiente/ te daré un buen castigo», dice aquel Romance viejo, en una versión nicaragüense que también emplea el voseo, de asunto tan ominoso como esa variante de la esclavitud que es la prostitución, algo siempre triste, como las putas).
Tampoco falta en esa construcción de esta estampa de la vida, como el ideal que se le escurre al personaje y a todos quienes leemos sus andanzas, ese telón de fondo con que García Márquez alimenta la mirada antropológica que se fascina con la creencia de que éste es el continente de lo real maravilloso, donde los niños nacen con cola de cerdo, las mujeres vuelan y los ancianos tiran pedos perfumados.
Ese regalo que García Márquez le hace a la mirada central-europea la sacia esta vez con viñetas de este tipo: «Le cambiaba el color de los ojos según mi estado de ánimo: color de agua al despertar, color de almíbar cuando reía, color de lumbre cuando la contrariaba. La vestía para la edad y la condición que convenían a mis cambios de humor: novicia enamorada a los veinte años, puta de salón a los cuarenta, reina de Babilonia a los setenta, santa a los cien. Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar. Hoy sé que no fue una alucinación, sino un milagro más del primer amor de mi vida a los noventa años». Estas descripciones son la mejor publicidad para el turismo hacia el tercer mundo, que sueña con experiencias semejantes en los boliches de San Telmo o del Zócalo mexicano.
• Incongruencia
Será motivo de cursos y seminarios desentrañar si la incongruencia temporal del último tramo del relato es un error de construcción que debieron advertir los editores o un recurso que alguien deberá explicar. De un «La semana siguiente...» (pág. 52) se pasa a «perdóname el berrinche de esta mañana» (pás. 55), como si se tratase del mismo día. No hay explicación aunque se relea varias veces el fragmento; parece más un error, lo que hace más caro el gasto de librería.
En el balance todo es ganancia en estas «Memorias». No hay escritor que conmueva en la soledad de la lectura como éste; tampoco hay quien conmueva los mostradores de las librerías, adonde cada cliente que lleva un libro, de paso se lleva un ejemplar de este García Márquez. No es trivial un comentario sobre el funcionamiento de este escritor. ¿Es por la saturación de la publicidad previa? ¿Es el exitismo que se monta en lo elevado de los adelantos o en el millón de ejemplares de la prime-ra edición? No lo parece; García Márquez es más un escritor esperado, deseado por el público que impuesto por el sistema industrial de los medios.



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