27 de octubre 2004 - 00:00

García Márquez, caro pero el mejor

• Gabriel García Márquez, «Memoria de mis putas tristes» (Bs. As., Ed. Sudamericana, 2004, 109 pgs. $ 24).

García Márquez, en su nueva novela, vuelve a hacerle un regalo a la mirada central- europea con el telón de fondo de un continente que sigue siendo real maravilloso.
García Márquez, en su nueva novela, vuelve a hacerle un regalo a la mirada central- europea con el telón de fondo de un continente que sigue siendo real maravilloso.
Sólo Gabriel García Márquez puede conmover tanto y a tantos con tan poca cosa. Esta novelita sobrevaluada (109 páginas de tipografía agrandada cuesta en la Argentina $24, el doble de otro libro equivalente, por la sola necesidad de pagar un adelanto no menor al millón del dólares) es uno de los restos de esa maravilla que fue la literatura de arte.

Y funciona así, como lo prueba el encanto que genera en el lector, que perdona, en aras de esas sensaciones que produce una prosa impecable, única, la ligereza del conjunto, la materia canallesca del relato y hasta algún error de composición, que algún crítico amigo se encargará de encubrir como un hallazgo de la escritura de García Márquez para alimentar los recursos de la ambigüedad.

El colombiano es uno de los últimos narradores que le puede dar un uso plausible -para el tiempo en que se vive hoy-a esa herramienta en crisis que es la escritura de ficción. Usurpada por el relato de entretenimiento, hay que ser muy escritor para sacarle algo a esa arpa vieja y desafinada que es la prosa de ficción. Ahí está el valor que le reconoce el lector a este García Márquez, que le saca mucho, lo que nadie le saca, y no sólo en la lengua española: un escritor exitoso de prosa de ficción -no de entretenimiento-en cualquier país central festeja si le imprimen 10 mil ejemplares.

¿Es lo mejor del autor? Tampoco, pero a un hombre que en la vida escribe un libro bueno tampoco hay que pedirle que repita todos los años. ¿Es lo último? Sí, es lo último quizás de este género. El año que viene se cumplen 50 años de la primera novela de García Márquez, «La hojarasca», en la cual el colombiano abrió un ciclo narrativo impecable que tuvo su cumbre con «Cien años de soledad» (1967) y que los críticos describieron como la «recuperación del viejo arte de contar».

En estas «Memorias», más cerca de la alegoría y de la prosa poética sin ningún cuento importante, el propio García Márquez parece darse el lujo de cerrar la historia que él mismo inició. Esa prosa está en la primera línea de la percepción de «Memoria de mis putas tristes», un texto que se lee de un tirón -no más de una hora para quien pagó los $ 24- y remonta de la descripción de una biografía lamentable (la de un individuo tan mediocre de origen y destino que ni merece tener nombre; nunca se entera uno de cómo se llama, ni falta hace) a una alegoría sobre la vida.

• Personaje

Este periodista y profesor jubilado que a los 90 años se le ocurre ir a un burdel a acostarse con una doncella de 14 es el significante de una vida despreciable, aficionado a la esclavitud sexual -que cultiva por encima de cualquier afectoque el autor usa para armar lo mejor del relato, la descripción del afán por aferrarse a la vida de la cual esa doncella dormida -Delgadina, nombre tomado de un viejo romance español que relata el acoso incestuoso de un monarca sobre su propia hijaes apenas el símbolo.

Esto lo tiene que saber el lector que busque en el relato un cuento de amor, trama ausente en estas
«Memorias...», pero que está en la retina de los aficionados a García Márquez por sus antecedentes («El amor en los tiempos del cólera», ante todo). No es un relato de amor, ni el relato de sexópatas, ni una saga geriátrica. Como la ballena blanca del capital Ahab o el joven Tadzio de «La muerte en Venecia», la joven Delgadina funciona como descripción de la vida que se escurre al anciano protagonista que deambula por las galerías de su imaginación, fijado en esa muchacha por la que paga por verla dormir en un burdel espantoso.

Todo en el relato funciona para construcción de esta alegoría de la vida, del mismo modo como en
Baudelaire la descripción de las perversiones de boudoir, la contemplación de excrecencias y putrefacciones, el retrato de monstruos y gigantas, servía para arrastrar al lector al testimonio del ideal, en este caso de la vida que se va entre los dedos al protagonista de las «Memorias».

Esta viñeta poética -el cuento de las «memorias» carece de peripecias, de interés por el cuento mismo-la logra
García Márquez echando mano de todas las estrategias de la ilusión. La primera es la elección del idioma, cargado del español antiguo que resiste en los arrabales de Barranquilla (toda comunidad marginal conserva los arcaísmos que la gran ciudad echa rápido al olvido), y también en la poesía española menor que vive en la memoria de recitadores y declamadoras -los alumnos del personaje lo apodan «Mustio Collado», escarnio adolescente basado sobre la descripción que hace Rodrigo Caro de las ruinas sevillanas en «A las ruinas de Itálica» («Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado,/fueron un tiempo Itálica famosa»).

En un alarde de españolismo rancio echa mano de modismos del idioma que llevan al lector a una sana visita del diccionario: el día «había recordado» a las cinco de la mañana, dice en un pasaje, usando la tercera acepción de «recordar» que significa «despertar». Ese universo de burguesía pequeña y provinciana es el escenario de los grandes relatos que
García Márquez complementa con pinceladas de ambigüedad en la búsqueda de significados que atrapen la lectura.

Llamar a la doncella Delgadina connota esa leyenda incestuosa del romance español, que pertenece a la misma enciclopedia mental (
«Hija mía de mi vida/oí bien lo que te digo/si no sos condescendiente/ te daré un buen castigo», dice aquel Romance viejo, en una versión nicaragüense que también emplea el voseo, de asunto tan ominoso como esa variante de la esclavitud que es la prostitución, algo siempre triste, como las putas).

Tampoco falta en esa construcción de esta estampa de la vida, como el ideal que se le escurre al personaje y a todos quienes leemos sus andanzas, ese telón de fondo con que
García Márquez alimenta la mirada antropológica que se fascina con la creencia de que éste es el continente de lo real maravilloso, donde los niños nacen con cola de cerdo, las mujeres vuelan y los ancianos tiran pedos perfumados.

Ese regalo que
García Márquez le hace a la mirada central-europea la sacia esta vez con viñetas de este tipo: «Le cambiaba el color de los ojos según mi estado de ánimo: color de agua al despertar, color de almíbar cuando reía, color de lumbre cuando la contrariaba. La vestía para la edad y la condición que convenían a mis cambios de humor: novicia enamorada a los veinte años, puta de salón a los cuarenta, reina de Babilonia a los setenta, santa a los cien. Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar. Hoy sé que no fue una alucinación, sino un milagro más del primer amor de mi vida a los noventa años». Estas descripciones son la mejor publicidad para el turismo hacia el tercer mundo, que sueña con experiencias semejantes en los boliches de San Telmo o del Zócalo mexicano.

• Incongruencia

Será motivo de cursos y seminarios desentrañar si la incongruencia temporal del último tramo del relato es un error de construcción que debieron advertir los editores o un recurso que alguien deberá explicar. De un «La semana siguiente...» (pág. 52) se pasa a «perdóname el berrinche de esta mañana» (pás. 55), como si se tratase del mismo día. No hay explicación aunque se relea varias veces el fragmento; parece más un error, lo que hace más caro el gasto de librería.

En el balance todo es ganancia en estas
«Memorias». No hay escritor que conmueva en la soledad de la lectura como éste; tampoco hay quien conmueva los mostradores de las librerías, adonde cada cliente que lleva un libro, de paso se lleva un ejemplar de este García Márquez. No es trivial un comentario sobre el funcionamiento de este escritor. ¿Es por la saturación de la publicidad previa? ¿Es el exitismo que se monta en lo elevado de los adelantos o en el millón de ejemplares de la prime-ra edición? No lo parece; García Márquez es más un escritor esperado, deseado por el público que impuesto por el sistema industrial de los medios.

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