El lado oscuro de las redes sociales en la confesión de sus hacedores

Espectáculos

Exejecutivos y exprogramadores develan tácticas para esclavizar al usuario.

El interés que causa en redes sociales el nuevo docudrama de Netflix, centrado justamente en estas redes, pone de manifiesto el problema de estos tiempos signados por la invasión a la privacidad, la manipulación, la tergiversación de información, el control y la propaganda. “El dilema de las redes sociales”, de Jeff Orlowski, ofrece testimonios de ex directivos de Facebook, Google, Instagram, Twitter, Pinterest y otros, críticos o arrepentidos luego de años de servir y desarrollar las “armas” que terminaron atrapando a una sociedad ciberadicta.

Están quienes dejaron la industria por cuestiones éticas: de este grupo, los que conocen la actividad por dentro, manifiestan preocupación; entre ellos, el coinventor del Google Drive, el chat de Gmail y responsable del botón “Me gusta” de Facebook, Justin Rosentein. También brindan opiniones Tristan Harris, ex diseñador ético de Google; Joe Toscano, exconsultor de experiencia de diseño de Google; Tim Kendall expresidente de Pinterest y ex director de monetización de Facebook, y Jeff Seibert, exejecutivo de Twitter.

Los profesores de Harvard, Stanford y otras universidades prestigiosas consultados en esta producción dan por tierra determinadas creencias erróneas, por caso que Facebook o Google vendan la información que acumulan de sus usuarios. Falso. Para lo que la utilizan --siempre según ellos-- es para ser cada vez más exactos en la predicción de perfiles, y ofrecérselos a las empresas que pautan publicidad. En el film se subraya la ligazón entre la razón de ser de las redes y sus fines comerciales. Un ex director de Facebook dice haber sido contratado por Mark Zuckerberg en los inicios de la compañía para buscar la forma de monetizar una red que había comenzado como un juego para descubrir viejos “amigos” y hacer otros tantos nuevos. Vaya si fue buen empleado.

Uno de los rasgos más apremiantes radica en la adicción a los celulares, desde preadolescentes con TikTok hasta adultos con sus redes, WhatsApp y mails, pero en el caso de los más chicos se agudiza un patrón de conducta cuyas secuelas concretas se desconocen. Se advierte sobre un considerable aumento del índice de depresión e intento de suicidio en los más jóvenes, cuyas personalidades se comprueban frágiles, inseguras y carentes de iniciativa para afrontar nuevos desafíos, y el ejemplo está en una chica de 11 años de la familia ficticia que protagoniza este docudrama. Obsesionada en su celular, sube fotos atenta a cuántos corazones recibe, y al ver que obtiene tan sólo dos en menos de un minuto, borra la foto y sube otra retocada y con filtros, de la que obtiene muchos comentarios que le sacan la primera sonrisa de su rostro apagado. Hasta que algún “hater” la critica y vuelve a deprimirse, tan rápido como la información que circula.

El docudrama gira en torno a una familia con tres hijos adolescentes. La mayor es militante anti redes; al hijo del medio le proponen una semana sin celular a cambio de un premio, y la menor es la chica triste mencionada. La mayor alerta sobre el uso de la tecnología con fines políticos para votar a tal o cual candidato y participa de marchas contra las fake news; el del medio no logra pasar de los tres días sin celular; y la menor es capaz de cualquier cosa con tal de no despegarse de su pantalla. Otra de las construcciones ficcionales muestra el funcionamiento interno de las redes mediante un mismo actor desdoblado en tres, con la misión de seguir a sol y sombra al hijo del medio. ¿Por qué no está conectado? Si es su hora de recreo, ¿qué lo está distrayendo de su pantalla? Le envían notificaciones de cualquier tipo para que vuelva a caer en la trampa. Y desde luego que entra y cae.

El problema queda planteado en la voz de uno de los ejecutivos: cuando aún trabajaba en Google notaba que se desarrollaban herramientas que volvían adictivos a los usuarios y que nada se hacía para revertirlo. Lo planteó, hizo circular un paper crítico que sus compañeros y directivos aplaudieron y creyó que estaba iniciando una revolución cibernética. Pero nada cambió y todo siguió su curso.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario