14 de noviembre 2002 - 00:00

"Hable con ella": un viaje al oscuro objeto del deseo

Rosario Flores
Rosario Flores
En «Hable con ella» dos hombres hablan con dos mujeres en coma y una película habla con otra película, subterránea y oculta. El contacto, tal como ocurre entre los hombres parlantes y las mujeres silenciosas, se produce. Lo que es decir, hay dos milagros: el primero, según el plan del argumento; el segundo es artístico, y eso no es planeable.

Ese diálogo no se limita únicamente al apócrifo film mudo «Amante menguante», luminosa fantasía surrealista en blanco y negro que mezcla a Freud y Dalí con la pantalla chatarra americana de los 50, y que Almodóvar incorpora a la «película mayor», en el clímax de la historia, logrando una de las más originales variaciones de «cine dentro del cine». La conexión es otra.

La película subterránea, silenciosa, bella y amarga (como las dos mujeres en coma), es la misma a la que su director, como un médium, hace hablar desde los lejanos e imperfectos tiempos de «Pepi, Luci y Bom» y «Matador», y cuyas manifestaciones se entrevieron durante más de veinte años, cada vez con mayor definición, en forma de bromas, pasiones ridículas, ataques de nervios, boleros, zafadurías, desplantes y lágrimas. Hoy todo es más calmo y el médium menos explosivo, pero más sabio.

Esta conexión entre una obra y un mundo que habla con ella y a través de ella ya no es simplemente el logro de un ingenioso director de cine sino de un gran artista. Ocurría en Buñuel, ocurre en Almodóvar.

Como en el cine de Buñuel, siempre a la busca de un Dios fugitivo y ausente a través de blasfemias, Almodóvar continúa su viaje a la raíz del deseo, único fundamento de su obra, y lo espía de cerca. Su blasfemia fue casi siempre la identidad sexual y la mística a ella asociada, aunque en esta película lo transgenérico trasciende la instancia clínica de los «roles». La burla al psiquiatra es casi una declaración de principios: el enfermero Benigno comenta en un momento «Quiso saber si mi erotismo se dirigía hacia personas de mi mismo sexo. O sea, que me preguntó a la manera americana si yo era una marica». Esta película se propone mucho más que el sarcasmo o la «liberación».

•Personajes

Se ha dicho, empezando por el mismo Almodóvar, que «Hable con ella» es su primera película con hombres como protagonistas, pero esa es otra de sus burlas. Benigno (Javier Cámara) y Marco (Darío Gr andinetti) son hombres con corazón de mujer. Sienten y actúan como mujeres pero desean como hombres. Sus lágrimas y duelos son femeninos. Lidia (Rosario Flores) y Alicia (Leonor Watling) son mujeres con corazón de hombre. Sienten y actúan como hombres pero desean como mujeres. Sus silencios y su dureza son masculinos. Lidia es torera, su duelo es en la arena y en la lidia con los toros, y Alicia la representación misma de la ausencia.

Poco después callarán las dos y estarán sin estar, como el viajero. El mito milenario: Ulises y Penélope y la distancia infranqueable de la ausencia y el deseo, aunque aquí no sea espacial. Son los hombres los que esperan algún signo o indicio del silencio de esos cuerpos vivos. El «hable con ella» es el rezo del amante, no del creyente. A diferencia del bergmaniano silencio de Dios, el amante almodovariano consigue el milagro a través de ese rezo, pero para eso debe quebrar la Ley. El dilema ético de esta película (que no puede revelarse) es inmenso. Es forzoso que la muerte venga después.

La plenitud expresiva que Almodóvar alcanza en «Hable con ella» empieza por su misma construcción: la historia progresa y retrocede no según un orden cronológico sino impulsivo, según la lógica del relato del enamorado, donde los episodios más urgentes anteceden a los accesorios o a los más dolorosos, que se postergan. Hay violencia y remansos, hay euforia y angustia.

Es la materia pura del melodrama, impúdica y sincera, la que habla y sale a la luz en
«Hable con ella», favorecida ahora por ese tono más reposado, menos frenético, aunque igual de fecundo en invenciones. Y, como el título de una legendaria película alemana (muda) cuya evocación no desagradaría a Almodóvar, es esa materia la que deja al desnudo los «secretos de un alma».

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