28 de agosto 2002 - 00:00
"Hice con Recoleta lo que se hace con Père-Lachaise"
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Omar López Matos
Periodista: ¿Por qué un libro sobre el cementerio de la Recoleta?
Omar López Matos: En el mundo hay muchísimos libros de este tipo. En la Argentina hay antecedentes pero faltaba uno que rescatara la parte artística y lo aunara a la parte histórica. Rescatar la parte artística significa conocer algunas obras en su distribución geográfica para poder llegar a ellas. En lo histórico atrae porque hay muchísimos personajes notables o curiosos. Pretendí rescatar nuestras glorias pasadas. Alimentar nuestro ego ante esta debacle generalizada, y recordar que la Argentina tuvo tiempos de esplendor y que deberíamos basarnos en algunos de esos ejemplos para tratar de recuperar nuestras luces, el espíritu de predecesores como Julio Roca o José C. Paz, que pareciera que hemos perdido.
P.: ¿Lo eligió por ese carácter emblemático?
O.L.M.: Durante casi 50 años Recoleta fue el único cementerio de Buenos Aires, luego se hicieron otros. Originalmente estuvo alejado de la ciudad, cuyo centro era San Telmo. Hoy quedó en medio de la ciudad. Es que la ciudad comenzó a correrse hacia el Norte por la fiebre amarilla. Cuando el tranvía llega a Recoleta, la zona comienza a crecer y allí se traslada la clase pudiente. Por entonces la burguesía argentina copia patrones europeos, el Père-Lachaise de París y el Estaglieno de Génova que tiene la mayor cantidad de estatuas románticas de Europa, y los traslada a la Recoleta. La bóveda de los Ortiz Basualdo es una copia de la Montanari de Estaglieno, pero más grande.
•Panteón
O.L.M.: Reúne a miembros de la clase adinerada que fuera conductora política y militar del país. Eso hizo que haya habido traslados de figuras señeras, por caso del Dr. Muñiz. Ahí surge la idea de un panteón nacional. No fue una idea manifiesta, recién en los '40, cuando se lo declara monumento nacional, esto le da otra condición y posibilidades de preservarse, porque muchas familias otrora adineradas hoy no tienen los medios para conservar sus esplendores.
P.: Ese panteón nacional hoy incluye a Evita...
O.L.M.: Creo que ni a ella le hubiera gustado estar ahí, ni a muchos de sus vecinos que ella estuviera ahí. Pero la presencia de Evita le ha dado carácter internacional; los extranjeros, los turistas, van a ver el lugar de Evita, cuya entrada siempre está cubierta de flores. La tumba de Evita está resguardada por una fuerte capa de seguridad, igual a lo que ocurre con la del general Aramburu, aunque algunos dicen que él no está allí.
P.: ¿Enfrentó preguntas curiosas de turistas?
O.L.M.: Una vez tres señoras italianas me dicen: queremos ver la tumba de Firpo. Las llevo donde está Firpo con su bata de boxeador y sus guantes, una escultura notable de Perlotti. Una me pregunta: ¿Y quién era Firpo? Le explico y luego pregunto: ¿Por qué vinieron acá? Es que la Guía Michelin dice que hay que venir a ver las tumbas de Evita y de Firpo. Seguro que esa nota la escribió un amante del box y, por eso, eligió esa estatua entre cientos de muy bellas con que cuenta Recoleta. O entre las que tienen historias míticas, como la de Rufina Cambaceres, hija del escritor Eugenio Cambaceres y una actriz austríaca, enterrada según se dijo en catalepsia; esto hizo que la familia ordenara al escultor alemán Rich Aigner una obra simbólica de esa leyenda y que es la primera escultura Art Déco que tuvo Buenos Aires. O que se informara que mientras Bioy Casares está en un lugar, el de los Casares, su esposa Silvina Ocampo, está en el de los Ocampo.
P.: ¿Hay relatos fantásticos típicos de los cementerios?
O.L.M.: El del fantasma de la Dama de Blanco, tema que aparece en novelas y hasta en una obra de teatro. En realidad, es algo que se repite con variaciones en diversos lugares del mundo y no pasa de una leyenda urbana. Se habla de una mujer muy bella que se pasea por la calle Vicente López, pero si uno mira bien se da cuenta de que hoy son sólo prostitutas (risas).
P.: ¿No considera curioso un cementerio frente a un lugar tan bullicioso, lleno de restaurantes y lugares de baile?
O.L.M.: Eso tiene una base histórica. La iglesia del Pilar se funda en el siglo XVIII en un lugar propicio para descargar contrabando, y tiene una historia que lo explica. En Zaragoza, los españoles hacen frente a su iglesia del Pilar las romerías del Pilar, cuatro días de guitarreadas, bailes, comidas, carreras de caballos, borrachos y pendencieros. Ese hábito festivo se trasladó a la Argentina, y cuando en 1822 se coloca el cementerio de la Recoleta, las romerías pararon. Eso siguió hasta el 1900 y pico, extendiéndose hacia plaza Francia. Luego, una mentalidad más pacata impuso que las romerías pasaran al Prado Español. El hábito festivo venía de los orígenes. La idea de que allí la gente se podía divertir viene de lejos. Esto se profundizó tras los cambios edilicios, los traslados de la burguesía y que la zona se convirtiera en eje de reuniones.
P.: Si bien hay monumentos de inspiración católica, hay otros de inspiración masónica...
O.L.M.: Es una característica importante de la Recoleta, que hace que no sea un campo santo. Cuando muere Blas Agüero, reconocido masón, le niegan ser enterrado en la Recoleta, y ahí interviene su amigo Bartolomé Mitre, que como presidente impone que no haya discriminaciones. Y monseñor Aneiros, líder de la conducción católica, debe aceptarlo pero quita la condición de campo santo. A partir de allí, la Recoleta comienza a tener una proliferación de monumentos con simbología masónica. Para el que no los conoce pueden pasar inadvertidos, pero hay detalles como antorchas hacia abajo, relojes de arena con alas, cadenas de 33 eslabones, la escuadra y el compás, el ojo que observa al universo. Y está la bóveda «Obediencia a la Ley» de una logia a la que pertenecieron Sarmiento, Hernández e Yrigoyen.
P.: ¿Por qué una versión en inglés?
P.: ¿Después de estos libros qué?




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