5 de septiembre 2003 - 00:00

Hollywood celebra 100 años de western

Hollywood celebra 100 años de western
P elículas de cowboys, de vaqueros, de tiros, del Oeste. Westerns: el género, uno de los más queridos de la historia del cine, cumple sus cien años, y la celebración proviene de un film de 1903 «The Great Train Robbery» («El gran robo al tren»), diez minutos de acción y tiroteos dirigidos por Edwin S. Porter que tuvieron un inmenso éxito en su tiempo.

El western no pone en la pantalla tan sólo el mito fundador de la nación norteamericana, también refleja los cambios de mentalidad de aquel país a lo largo de los años. Por caso, si en los westerns más antiguos el indio era visto como bestial, un bárbaro enfrentado a la civilización de los blancos, en la contemporánea «Danza con lobos», de Kevin Costner, es tratado con la consideración digna de un tiempo políticamente correcto.

La mitología del western fue siendo creada de a poco. Pronto la industria percibió que precisaría de un héroe a quien la platea pudiera seguir, y así surgió Broncho Bill, interpretado por Gilbert M. Anderson. Ese héroe primordial revivió a Bronco Bill en diversas películas, entre 1903 y 1918. Con la evolución del género, los productores descubrieron que podían utilizar figuras reales de la saga del Oeste, y comenzaron a aparecer films con Wyatt Earp, Bat Masterson, Billy the Kid, David Crockett y Doc Holliday. Episodios verdaderos, como el tiroteo en O.K. Corral, fueron filmados decenas de veces.

En su época de apogeo (hubo declinación en el medio), el western dio empleo a centenares de directores, técnicos y actores, dispersó sus imágenes por el mundo y rindió fortunas a Hollywood. Y tuvo momentos cumbres, como los que logró John Ford, maestro del género. Ford venía de lejos, había comenzado en 1914 y trabajó con D. W. Griffith, considerado el padre del lenguaje cinematográfico moderno. Entre 1917 y 1920 realizó 28 westerns para la Universal, todos importantes, pero básicamente rasguños de los que sería su obra posterior. La cumbre, para muchos, es «La diligencia», de 1939, que realizó Ford con su actor favorito, John Wayne.

El cine de Ford, muy simple, basado en el movimiento, en la acción y en sentimientos básicos, encontró allí la forma de microcosmos colocando en el mismo vehículo a un pistolero, una prostituta, un médico borracho, etcétera. En fin, algunos de los elementos básicos del arquetipo. Ese film produciría largos e inesperados ecos.

•Exportación

El viaje del western fuera de su territorio de origen es uno de los más sabrosos. Las películas de la conquista del Oeste rodadas en Alemania se llamaron «chucrut westerns», y las italianas «spaghetti western». En Brasil Glauber Rocha creó la iconografía mayor de su «Antonio das Mortes» siguiendo el modelo de los pistoleros de los «spaghetti western».

Nombres como los de
Giuliano Gemma y Sergio Leone se tornaron familiares. Clint Eastwood fue «importado» por Italia. Clint era Clint, pero como en el comienzo no se tomaban en serio westerns con nombres italianos, Sergio Leone pasó a firmar como Bob Robertson y Giuliano Gemma fue rebautizado Montgomery Wood. Para poder andar a los tiros, el magnífico Gian María Volonté se convirtió en John Wells.

Este gran género pareciera haber entrado en declinación con la muerte de su actor-símbolo,
John Wayne, que dejó como testamento un western crepuscular, «El tirador» («The Shootist»), dirigido en 1976 por Don Siegel. En él, Wayne casi se interpreta a sí mismo, un pistolero enfermo, muriendo de cáncer, pero aún dispuesto a entreverarse en un duelo.
El western es un género mítico y los mitos no conviven bien con la autocrítica. Son monolíticos. Por eso mucha gente asoció la decadencia del western con
«el fin de la inocencia americana». Pero, aún respira, como lo han demostrado «Danza con lobos», o el magnífico «Los imperdonables», de Clint Eastwood. Y, en el deseo de los aficionados, puede que renazca en cualquier momento.

Se mide la importancia de un género no sólo por su popularidad si no también por la repercusión que tiene. El western no fue sólo un tipo de films que gustaba a gente de todo el mundo; era también respetado por los intelectuales del cine. El mayor de todos, el francés André Bazin, fundador de la revista «Cahiers du Cinéma», dedicó varios ensayos a ese género. En su libro «¿Qué es el cine?» hay tres artículos dedicados al western. El titulo de uno de ellos lo dice todo: «El western, o el cine norteamericano por excelencia».

Bazin entiende que el western es sinónimo del cine americano, porque ese cine quiere decir movimiento, acción, y eso ese género lo tiene de sobra. Pero dice también que el western nace del encuentro de una mitología y su medio de expresión. La saga del Oeste ya existía antes en la forma de novelas y relatos, pero el hecho es que encontró en el cine su forma más perfecta. Una nació para la otra, pero no se debe decir que fue el cine quien inventó el mito fundador. Lo perfeccionó, construyó su base solida y lo inmortalizó.

En su análisis,
Bazin enaltece varias películas, pero en particular «La diligencia». Interpreta la obra maestra de Ford como paráfrasis de la parábola bíblica de fariseos y publicanos, «la prostituta siendo más respetable que los figurones que la expulsan de la ciudad, el jugador sabiendo morir con la dignidad de un aristócrata, el médico borracho practicando su arte con competencia y abnegación».

Bazin
encontraba en las raíces del western «una ética épica y aun la de una tragedia». No lo incomodaba que el bien y el mal se mostraran en toda su pureza, como elementos simples y fundamentales. Encontraba que la grandeza del western estaba próxima a su puerilidad, «así como la infancia está próxima a la poesía».

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