5 de septiembre 2003 - 00:00
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El western no pone en la pantalla tan sólo el mito fundador de la nación norteamericana, también refleja los cambios de mentalidad de aquel país a lo largo de los años. Por caso, si en los westerns más antiguos el indio era visto como bestial, un bárbaro enfrentado a la civilización de los blancos, en la contemporánea «Danza con lobos», de Kevin Costner, es tratado con la consideración digna de un tiempo políticamente correcto.
Nombres como los de Giuliano Gemma y Sergio Leone se tornaron familiares. Clint Eastwood fue «importado» por Italia. Clint era Clint, pero como en el comienzo no se tomaban en serio westerns con nombres italianos, Sergio Leone pasó a firmar como Bob Robertson y Giuliano Gemma fue rebautizado Montgomery Wood. Para poder andar a los tiros, el magnífico Gian María Volonté se convirtió en John Wells.
Este gran género pareciera haber entrado en declinación con la muerte de su actor-símbolo, John Wayne, que dejó como testamento un western crepuscular, «El tirador» («The Shootist»), dirigido en 1976 por Don Siegel. En él, Wayne casi se interpreta a sí mismo, un pistolero enfermo, muriendo de cáncer, pero aún dispuesto a entreverarse en un duelo.
El western es un género mítico y los mitos no conviven bien con la autocrítica. Son monolíticos. Por eso mucha gente asoció la decadencia del western con «el fin de la inocencia americana». Pero, aún respira, como lo han demostrado «Danza con lobos», o el magnífico «Los imperdonables», de Clint Eastwood. Y, en el deseo de los aficionados, puede que renazca en cualquier momento.
Se mide la importancia de un género no sólo por su popularidad si no también por la repercusión que tiene. El western no fue sólo un tipo de films que gustaba a gente de todo el mundo; era también respetado por los intelectuales del cine. El mayor de todos, el francés André Bazin, fundador de la revista «Cahiers du Cinéma», dedicó varios ensayos a ese género. En su libro «¿Qué es el cine?» hay tres artículos dedicados al western. El titulo de uno de ellos lo dice todo: «El western, o el cine norteamericano por excelencia».
Bazin entiende que el western es sinónimo del cine americano, porque ese cine quiere decir movimiento, acción, y eso ese género lo tiene de sobra. Pero dice también que el western nace del encuentro de una mitología y su medio de expresión. La saga del Oeste ya existía antes en la forma de novelas y relatos, pero el hecho es que encontró en el cine su forma más perfecta. Una nació para la otra, pero no se debe decir que fue el cine quien inventó el mito fundador. Lo perfeccionó, construyó su base solida y lo inmortalizó.
En su análisis, Bazin enaltece varias películas, pero en particular «La diligencia». Interpreta la obra maestra de Ford como paráfrasis de la parábola bíblica de fariseos y publicanos, «la prostituta siendo más respetable que los figurones que la expulsan de la ciudad, el jugador sabiendo morir con la dignidad de un aristócrata, el médico borracho practicando su arte con competencia y abnegación».
Bazin encontraba en las raíces del western «una ética épica y aun la de una tragedia». No lo incomodaba que el bien y el mal se mostraran en toda su pureza, como elementos simples y fundamentales. Encontraba que la grandeza del western estaba próxima a su puerilidad, «así como la infancia está próxima a la poesía».



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