22 de noviembre 2006 - 00:00
"Hoy parece haber más autores que lectores"
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Urbanyi: «La
costumbre de
valorar a un
autor sigue
siendo a veces
una empresa
póstuma. Un
caso notable es
el del hoy best
seller Sándor
Márai, que se
suicidó en 1989
siendo casi un
desconocido».
P.: Y que es la historia central de su libro.
P.U.: Es cierto, a través de Fénix sabemos de su madre, de su padre, pero fundamentalmente de Judit, esa chica de 14 años que fue su niñera, su madre sustituta y la que a través de «jueguitos» lo hizo ingresar en los placeres del sexo, lo llevó a descubrir con una cierta inocencia las dulzuras del erotismo. Si ese tipo de situaciones suelen darse con naturalidad en los universos campesinos, que los protagonistas estén rodeados por la guerra incentiva esos descubrimientos carnales. Creo que la chica veía a Fénix como el príncipe del castillo donde ella iba a trabajar, en realidad era una casa de clase media alta, pero eso, para ese pueblo y para esa chica era como un castillo.
P.: ¿Es la guerra la que le permitió sumar historias?
P.U.: Me impuso algunas historias como la del mejor amigo de Fénix, ese que, luego de la invasión alemana, ve cómo se lo llevan con una hermosa estrella amarilla en el pecho de su saco gris, para no volverlo a ver nunca más. Otra historia que retomo es la de un incendiario al que ahorcaron. En una de mis giras literarias, para presentar uno de mis libros, me enfrenté a un dramático cuadro donde había un hombre colgado. El suceso me vino a la memoria. Pregunté a la gente y el incendiario se había convertido en una leyenda, nunca se supo si el hombre ajusticiado había sido culpable o inocente. En «El zoológico de Dios» relato como fue el juicio del incendiario. Y así la iniciación de Fénix por Judit se va rodeando de historias, según me han dicho, como en una balada. Yo sostengo que el escritor propone y Dios dispone, y que hay saber dejarse llevar y sorprenderse de lo que va ocurriendo como luego lo hará el lector.
P.: Usted habla de su libro como una balada, pero el tono sentimental es interrumpido constantemente por el humor.
P.U.: Es algo que no puedo controlar, no es algo que me proponga, surge al escribir y me dejo llevar. Acaso sea lo que signa mi estilo. Traté de entender como un chico llega de Ipolyság, «la ciudad junto al río», a Buenos Aires, «la ciudad junto al río inmóvil». Busqué bucear, sin saberlo inicialmente, en los motivos que llevan a emigrar. Pueden ser motivos externos: bélicos, políticos, económicos, o internos, como la ambición y el deseo de progresar. Pero, sobre todo, hay situaciones que expulsan, que desarraigan.
P.: ¿Cómo ve el panorama literario actual?
P.U.: Complicado, en marcada decadencia. Hay países que eligen el consumo interno, buscando satisfacer un mercado determinado, el del best seller. Los norteamericanos poco; en Inglaterra es peor todavía. Yo tengo la suerte de vivir en Canadá, y contar como escritor con el apoyo del Canadá Council, el mismo apoyo que tiene Margaret Atwood. Por otra parte si tenemos en cuenta la moda de la «novela histórica» y recordamos que Theodor Adorno dijo que «la novela histórica empieza a interesar cuando comienza la decadencia», es que estamos en plena decadencia literaria. Creo que asistimos a una devaluación de la literatura. Y cuando se producen grandes escritores, de pronto, aún hoy, son reconocidos años después de muertos.
P.: ¿A quien se refiere?
P.U.: A un ejemplo extraordinario e inconcebible, el del escritor húngaro Sándor Márai, que se suicidó en el exilio en San Diego, en California, en 1989, pocos meses antes de que las fronteras de Hungría, donde estaba prohibido, se abrieran. Y hoy está considerado uno de los grandes escritores del siglo XX, a quien algunos ponen a la altura de Proust y de Thomas Mann.
Entrevista de Máximo Soto




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