«Idomeneo», ópera de Mozart. Int.: R. Giménez, P. Gutiérrez, A. Mastrángelo, L. Rizzo, R. Cassinelli, L. Debevec Mayer y G. Renaud. Regie y Coreog.: A. Cervera. Esc.: J. Ferrari. Vest.: M. Zuccheri. Ilum.: E. Sirlin. Dir. Coro: M. Martínez. Dir. Orq.: S. Bedford. (11/11, Gran Abono, Teatro Colón.)
C on 22 años de ausencia, volvió remozada al escenario del Teatro Colón esta creación mozartiana, y justo es reconocerlo desde el principio, contiene música maravillosa, y que afortunadamente con la batuta del director inglés Steuart Bedford sostuvo un constante interés y por momentos llegó a la frontera de lo sublime.
Mozart a mitad de camino entre la corriente italiana y francesa, impone su propia personalidad en un melodismo impar, en una instrumentación atractiva, una música que va apoyando la acción y que no declina, es como para recordar aquella vez que un monarca le dijo a Mozart que la ópera era bella, pero que tenía demasiadas notas y él contestó: «aquí está la partitura ¿usted cuál quitaría?». Desde luego que ninguna, así que en este sentido desde lo musical, «Idomeneo» es una obra maestra, también lo es desde lo vocal y no abundan en el mundo cantantes como para abordarla con autoridad y con conocimiento, pero, en esta versión, el protagónico es inmejorable. El tenor Raúl Giménez reverdece sus laureles como un cantante refinado, teatralmente convincente, con una voz atractiva por el color y fascinante por la expresión, su labor es digna de los más encendidos elogios.
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La soprano Laura Rizzo como Ilia, hizo también un magnífico trabajo, su voz y su inteligencia para manejarla sirvió para conocer otra faceta de esta cantante auténticamente valiosa. Adriana Mastrángelo tuvo que suplir (a falta de un tenor apropiado), el rol de Idamante travestida, y realmente pudo asumirlo con profesionalismo. Patricia Gutiérrez en el papel de Elektra, no parecía sentirse cómoda y si bien es muy buena su afinación, algunos matices hubieran favorecido su personificación del conflictuado personaje. Con toda su experiencia a cuestas, el tenor Ricardo Cassinelli hizo un Arbace conmovedor, se apropió del escenario y ganó una merecida ovación en su aria dramática. Gabriel Renaud tuvo algunos inconvenientes para hacer satisfactoriamente el papel del gran sacerdote y la voz de Lucas Debevec Mayer -a través de un truco de amplificación-, esta vez sonó atronadora, pero como siempre con suma corrección.
En esta versión la acción no está colocada ni en la Grecia de la mitología, ni en el Siglo XVIII mozartiano, sino en un tiempo que bien pudo haber sido ayer (y esto dicho sin eufemismos), la tormenta del día de la función ayudaba al intenso dramatismo de la ópera y las negociaciones con el furioso dios Neptuno. Mini Zuccheri hizo un vestuario elegante, la iluminación de Eli Sirlin es generosa y la concepción de la regie coreográfica de Alejandro Cervera tiene muchos aciertos y algunos detalles discutibles: el exceso de protagonismo y aparición de una docena de muchachos semidesnudos, tal vez debiera revisarse, la morosa colocación de las sillas para el coro.
El Coro por su parte no lució muy bien preparado, sobre todo en el primer acto; la escenografía de Jorge Ferrari es claramente la concepción de un hombre del cine, aunque es de dudoso gusto haber colocado a Ilia entre un cuadro de flores, la posición de los muchachos luego sosteniendo las mismas flores como esculturas de Rodin y muchos otros detalles, frente a los cuales el espectador siempre tiene el recurso de refugiarse en la música espléndida y muy bien ejecutada por la Orquesta Estable.
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