El «Retrato de Adele Bloch-
Bauer» de Klimt es la transacción
que conmovió al mercado del
arte, pero todo indica que no será
la última.
Los últimos veinte años han sido las décadas de oro del mercado de arte, no sólo porque el mismo creció de manera vertiginosa ante la aparición de una nueva demanda ansiosa de poseer obras de arte, sino porque la oferta se amplió encumbrando también a aquellos movimientos o artistas que pasaron inadvertidos por mucho tiempo.
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En la década del sesenta se superó por primera vez la barrera del millón de dólares. Fue una obra de Rembrandt: «Aristóteles contemplando el busto de Homero», que fue adquirida por el Metropolitan Museum de Nueva York. En los ochenta, Amalia Lacroze de Fortabat compró la obra de Turner «Romeo y Julieta en la Piazza San Marcos de Venecia» en siete millones de dólares, y la convirtió en la obra más cara del mundo. Al poco tiempo un armador griego pagó 11 millones de dólares por una calle de París evocada por Claude Monet, y todo empezaba a parecer entre absurdo y disparatado.
Después, vino la compra en 40 millones de unos girasoles de Vincent Van Gogh por parte de los inteligentes responsables de una compañía de seguros del Japón, que amortizaron en pocos meses la inversión ante el incremento del volumen de sus negocios. Muchos pensaron entonces que se había llegado al techo.
Nuevamente se equivocaron, ya que otro japonés (con menos suerte) compró por 160 millones de dólares un retrato de Van Gogh y un nutrido baile en un parque de Renoir, que debió vender con pérdidas al poco tiempo, luego de amenazar con incinerar las obras junto con su cuerpo, cuando falleciera.
Hace dos años «Muchacho con pipa» de Picasso se vendió en 104 millones y se sospechó que era simplemente porque la compra tenía una acción de marketing detrás: promocionar un hotel que se inauguraba con obras de arte en Las Vegas. Otra equivocación. Hace dos semanas nuevamente una noticia explotó en este mercado pujante: el magnate Ronald S. Lauder había pagado 135 millones de dólares por una pintura de Gustav Klimt, «Retrato de Adele Bloch-Bauer». No es la obra más famosa del retratista austríaco, pero tiene una historia que vale la pena volver a recordar. Había sido confiscada por los nazis, fue recuperada y desde hace décadas se encontraba en el Palacio del Belvedere en Viena. Luego de años de lucha judicial en Estados Unidos, el gobierno de Austria la devolvió a una sobrina de la retratada junto con otras cuatro obras de Klimt. El estado austríaco se negó a pagar 200 millones de dólares por las cinco obras, ya que el precio mayor alcanzado por un Klimt habían sido 29 millones. En marzo entregó las cinco obras que están expuestas hasta hoy en el Los Angeles County Museum, y a partir del 13 de julio se podrán disfrutar en Manhattan, el futuro hogar del retrato récord. En la esquina de Quinta Avenida y la calle 86 se encuentra la Neue Gallery, un museo fundado hace 6 años por Lauder en memoria y con obras y fondos que provienen del reconocido marchand de arte austríaco y alemán, Sabransky.
Este petit hotel de tres plantas es muy poco difundido y visitado;no más de 200 personas lo visitaban por día y su cafetería recordaba a los cafes vieneses. Lauder con una fortuna calculada por la revista «Fortune» en 2.400 millones de dólares, fue embajador de Ronald Reagan en Viena, es un activo protector de los sobrevivientes del Holocausto y propulsor del arte austríaco. Con seguridad intentará comprar las otras cuatro pinturas. De hecho, hace tiempo que desea comprarlas pero la «inflación» en el arte lo tiene contra las cuerdas; ahora debería pagar cerca de 170 millones más por las otras pinturas.
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