«Imperio» («Empire», 2002, EE.UU., habl. en inglés). Dir.: F. Reyes. Int.: J. Leguizamo, P. Sarsgaard, I. Rossellini, D. Richards y otros.
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L as únicas magias del realismo hispano del South Bronx son ganar dinero traficando droga y sobrevivir. «Imperio» es el nombre de la nueva atracción de los sentidos, sucesora del crack, y también el de la película producida y vendida desde dentro: director, guionista y actores hispanics, pero con producción y luz verde de la Universal Pictures. El mercado es demasiado amplio como para que las «majors» lo desatiendan, o como para no hacer, de tanto en tanto, un film donde el verdadero sátrapa sea el blanco de Wall Street. Todo es dinero en el « Imperio».
En los disputados territorios del South Bronx, entonces, transcurre esta película donde al principio resuena un único grito de corazón, «Leguizamo solo!», por el astro hispano John Leguizamo, el más hábil y, en el fondo, el más noble jefe de banda. Campera negra de cuero, medallón cabalístico siempre al cuello, amante de su hijo y su novia y sicario afligido: cuando Víctor Rosa (tal su nombre en el film) manda a dar una lección, lamenta a las víctimas.
Pero Leguizamo solo! es una cosa, y otra muy distinta cuando Leguizamo se quiere quedar efectivamente solo, es decir, cuando intenta abrirse del negocio porque le hacen creer, los blancos, que hay una forma de ganar más dinero con menos riesgos y de manera más civilizada. Y eso es lo que siempre soñó.
El pragmático Leguizamo no comparte, con Scarface, el deseo de llegar a la cima del mundo; sólo le bastan una tranquila vida familiar, buen auto, buena vivienda en Manhattan, ropa de marca, y los millones que consiguió con la droga multiplicados en unas cuantas inversiones off shore, con el experto asesoramiento del yuppie Peter Sarsgaard. Por supuesto, el único que no advierte que está cayendo en una trampa monumental es él, el ingenuo hispanic de barrio.
La película de Franc Reyes es elemental y entretenida como puede serlo un telefilm de cable zapeado al azar. Abunda en lecciones cursi (por ejemplo, demuestra que el ladrón de guante blanco es tan moralmente reprobable como el traficante de droga), y no tiene ningún reparo en apurar los tiempos del libro para redondear los casi 100 minutos de proyección. Así, el yuppie y el hispano apenas se cruzan en una fiesta ya están haciendo negocios, al igual que cuando llegue el momento de la vendetta nada le costará a uno encontrar al otro.
Pero, además del crudo testimonio de la violencia en los barrios peligrosos de Nueva York, hay crudezas que afligirán mucho más al espectador: por ejemplo, ver a Sonia Braga en el secundario papel de una suegra atormentada, con una cámara impiadosa sobre las arrugas de su cuello (ay, doña Flor), o a Isabella Rossellini pasada de kilos en el papel de «la Colombiana», tan elegante ella y tan poco cuidada por estos testimonialistas de la ciudad desnuda. Por el contrario, la que luce cada vez más hermosa es Denise Richards, pero deberá tomar algunas lecciones para aprender a morir en el cine sin parecerse a Patoruzú.
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