9 de agosto 2001 - 00:00

Implacable crónica de la muerte fácil

La virgen de los sicarios.
"La virgen de los sicarios".
«La virgen de los sicarios» (íd., Colombia-Francia-España, 2000; habl. en español). Dir.: B. Schroeder. Int.: G. Jaramillo, A. Ballesteros, J.D. Restrepo, M. Busquets y otros.

La virgen de los sicarios es María Auxiliadora. Apenas salidos de la niñez, los matadores de Medellín le rezan con devoción ciega y se hacen bendecir, ante su imagen, tres amuletos que atan con cintas a sus cuerpos: uno en el cuello, el de la buena ventura; otro en la muñeca, el de la puntería con el arma, y el último en el tobillo, el de la carrera para huir del arma ajena. Nada puede hacer la Iglesia para impedir, en la inmensidad de los barrios bajos, la veneración criminal.

La ciudad de Medellín, retratada con transparencia brutal por Barbet Schroeder (el director de «Mujer soltera busca» y «Mi secreto me condena» nació en Irán, filmó en Francia y los Estados Unidos, pero vivió gran parte de su infancia en Colombia), es protagonista excluyente de esta película inusual, perturbadora, que está basada en la novela semiautobiográfica de Fernando Vallejo.

Su personaje central, el escritor, está radicado exitosamente en Madrid, pero atraviesa un estado de ánimo en el que la nostalgia lo impulsa, casi, al deseo de autoaniquilación. Como el Gustav Von Aschenbach de Visconti, Fernando regresa a Medellín no en busca de la belleza sino, según la ecuación de Baudelaire, de su estación inmediata para todos quienes la han mirado a la cara, la muerte.

La película de Schroeder hace de la narración cruda, no acentuada por comentarios ni juicios de ninguna naturaleza, su arma principal. En ese sentido, ni la insoportable violencia del medio, ni las relaciones eróticas exclusivamente homosexuales que sustentan el film aparecen siquiera presentadas como elementos de conflicto. Las cosas son como son. El libro no se pierde ni distrae en minucias explicativas o en digresiones benevolentes, lo que diferencia mucho a esta película de cualquier producción norteamericana estándar.

Medellín no es Venecia, ni el joven sicario Alexis es el efebo Tadzio. Pero en el gesto de Fernando, recuperar su memoria, su propio «tiempo perdido», junto a la sexualidad simple y franca que le da el muchacho (quien también, por otras circunstancias, puede considerarse próximo a la muerte), se reconoce el viaje de Dirk Bogarde a la ciudad de la belleza y la pestilencia.

Fernando ama la música clásica; su joven amigo, el rock violento. No hay inconveniente si alguien se pone a molestar en un departamento vecino con algún otro sonido: al día siguiente se le pega un tiro limpio en la cabeza, a la vista de todos. Es un muerto más en la selva. Se insulta a las efigies de los héroes, se le sigue rezando a la misma Virgen; se contempla, en la noche, los fuegos artificiales que indican que un nuevo cargamento de cocaína ha logrado ser colocado en los Estados Unidos.

A falta de ley, Fernando se aferra con más angustia a lo único que puede obtener antes de extinguirse: su propia identidad en los restos de su infancia y juventud que le pueda devolver esa ciudad indescifrable.

Sobre la mitad de la película, sin embargo, un duelo, un nuevo vínculo y una revelación devastadora tuercen en parte su propósito. Desde ese momento, dejará de ser simplemente el espectador pasivo de un tiempo que ya no es el suyo y se encontrará, sin habérselo propuesto, con otro pretexto de existencia.

«La virgen de los sicarios» es una película que no concede nada al eufemismo, sobre todo al peor de ellos, el de desviarse de su propia historia, la de Fernando, con notas al margen sobre ese ambiente descarnado que parece devorar todo. Y de esa forma, fenómenos sociales como el del sicariato (que en sus comienzos alimentó las huestes del cartel de Pablo Escobar y que ahora derivó en grupos de sangrientos mercenarios que pelean con la guerrilla cada centímetro del territorio por el tráfico de la droga) adquieren todavía más claridad, a los ojos del espectador, que en una habitual presentación «documentalista». Se alcanza a inferir la terrible realidad a través de historias personales hechas de desesperación, soledad, criminalidad e inocencia.

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