25 de octubre 2004 - 00:00

Incluso en el arte, todo es transitorio

«El arte de resistir» (Argentina, 2004, habl. en español). Guión y dir.: E. Orenstein; documental.

Un primera instancia, éste es un videodocumental de apenas 76 minutos sobre cuatro artistas plásticos que muestran sus formas de trabajo, y comentan sus obras, todas ellas realizadas con material de descarte. En el fondo, es una cuestionadora vuelta de tuerca sobre el provisorio valor de las cosas que hacen a nuestra cultura, desde los juguetes hasta los billetes, desacralizando de paso hasta el supuesto prestigio intocable de los libros en manos de un librero. Todo es transitorio, todo es relativo.

El primer capítulo presenta a dos uruguayos, Diego Portela y Francisco Ros, haciendo sus macaquitos, como ellos mismos los definen, con descartes que traen de una carpintería amiga, resortes de encendedores, y otras menudencias. De sus manos salen graciosos muñequitos articulados, vehículos estrafalarios, un minimetegol cuyos jugadores tienen la forma de chorizos y morcillas... «Que no sea un trabajo. ¿Un partido de fúbol es un trabajo?», plantea el más flaco y con más pinta de hippie de los dos. El asunto, para ellos, es brindar juguetes que los niños puedan usar con gusto, y por puro gusto, no por imposición publicitaria. El riesgo, también lo dicen, es que las exigencias del mercado los lleven a desplazar su creatividad, «porque después en el bar hay que pagar con monedas».

El segundo capítulo, también simpático, descubre a Yoel Novoa, un filósofo casi dolinesco, rescatando algunos libros, y mandando otros directamente a la olla, para hacer papel maché, no importa que sean de los años '40, porque lo suyo en ese momento es una lucha contra la literatura, y el resultado serán collages, carretas preciosas, tranvías con pasajeros, barquitos con mascaron de proa y ojos de buey, maravillas, en fin, en cuyos costados a veces todavía se alcanzan a leer frases que alguna vez fueron importantes. En esa olla también terminan algunas cartas de escritores argentinos, afiches de cine... «Si me entretengo, sirve», dice Novoa, recalcando «un sentido no-trágico de la vida». Y comenta humorísticamente que alguna vez coleccionó dólares.

Ese es el nexo con el siguiente artista, Raúl Veroni, que de dibujar fósiles en las paredes y los tanques de agua (como una serie de danzas macabras) pasó a comprar billetes viejos, a 30 centavos cada uno, para imprimirles dibujos, o contra-refranes tipo «el tiempo ya no es oro», mientras conceptualiza que con las devaluaciones «es como si el dinero se sacara su careta de valor representativo de las cosas, y mostrara su verdadero rostro: un pedazo de papel viejo con números». Y ejemplifica de manera trágica: el austral tenía el mismo tamaño que el dólar. Lástima la voz monocorde, y algunas pesadeces ideológicas.

En resumen, todo es transitorio, todo es relativo. Incluso el arte. Vaya uno a saber lo que otro hará con el video que acá comentamos, dentro de algún tiempo.

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