Un inglés «Cinco años en Buenos Aires (1820-1825)» (BS.aS., Taurus, 2001, 262 págs.)
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Los historiadores aún no han podido determinar quién fue y a qué se dedicaba el autor de esta atractiva crónica de Buenos Aires, considerada uno de los testimonios más vívidos y detallados de la vida cotidiana, cultural, política y económica del período post colonial.
Este clásico de la historiografía argentina (la primera edición en español ES de 1942) es de indispensable consulta para todo aquél que esté interesado en esta intensa y productiva etapa ligada a la gestión gubernamental de Bernardino Rivadavia. Sin embargo, no se entiende cómo este magnífico relato de un inglés anónimo (pero de evidente sentido común y gran nivel cultural) no haya llegado antes al gran público. Su lectura no tiene desperdicio, entre otras cosas por la minuciosidad con que radiografía todas las áreas imaginables de la ciudad para detectar en ella las influencias de culturas tan disímiles como la española, la francesa o la inglesa. Como bien señala el historiador Klaus Gallo en su prólogo: «pocos libros sobre ese período revelan tanta información y detalle sobre las distintas esferas del acontecer porteño». Y la de este englishman es siempre de primera mano.
•Comodidad
Se lo ve moverse muy cómodamente en todos los ámbitos sociales, tomando nota de precios, costumbres, sistemas de gobierno y de todo lo que compete a la vida de una ciudad en desarrollo. Pero lo que vuelve aún más fascinante su relato son las anécdotas personales y el amplio espectro de emociones que va tiñendo cada uno de sus comentarios. Empezando por su deslumbramiento ante la belleza de las mujeres y de los templos católicos («a mí, como a los niños, me encanta lo que brilla») o su enojo ante todo lo que considera producto del fanatismo y la ignorancia del yugo español. Resultan especialmente elocuentes sus comentarios sobre el ambiente teatral, lo mismo que su colorida descripción de los festejos patrios. Relatos que convierten este testimonio en un maravilloso viaje por el túnel del tiempo.
Curioso, satírico, dueño de un admirable sentido común, este inglés sensible y nostálgico de su tierra, insiste en que sus compatriotas viajen a Buenos Aires. Y aunque sufre lo indecible cada vez que le recuerdan el nefasto resultado de las Invasiones Inglesas, esto no afecta su abierta simpatía por la sociedad criolla. Al menos su dictamen final no podría haber sido más contundente: «Conocer a esta gente es apreciarla».
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