12 de agosto 1999 - 00:00

"INSTINTO"

C ada tanto, a Hollywood le tranquiliza la conciencia invertir dinero en películas que sostienen que en la jungla africana se vive mejor que en Beverly Hills, o que los animales tienen una sabiduría que ni siquiera Bill Gates ha llegado a alcanzar. «Instinto» es una de ellas, aunque su diseño de producción, sus actores y su deliberada política de alusiones a tantos films familiares para el público insinúen otros caminos, otros géneros.
Esta película híbrida y curio-sa, que también podría haberse llamado «El silencio de los gorilas», tiene como protagonista a un violento vengador del paraíso perdido. Anthony Hopkins, que carga sobre sus espaldas lo que le queda de los días de Hannibal Lecter, inter-preta a un científico obsesivo, brillante, muy poco apegado a su familia (de humanos), y que muchos años atrás encontró entre los gorilas de Ruanda la primitiva Arcadia de los clásicos, el Edén al que el homo sapiens no se cansa de dañar. Hopkins es un Tarzán a conciencia, siempre que el espectador acepte el improbable caso de un viejo salvaje (privilegio que, como demostraron el doctor Itard y François Truffaut, sólo le está reservado a los niños que no fueron domesticados por el lenguaje y la cultura; difícilmente a un médico célebre).

 Encuentro

Al empezar el film, vemos a Hopkins como un peligroso lunático de largos cabellos blancos y reacciones imprevisibles; lo acusan de haber asesinado a dos guardias africanos y lo trasladan a una prisión de alta seguridad en Miami. Apenas al llegar al aeropuerto, su esposa y su hija serán testigos de sus brotes de cólera que vuelven a poner en peligro la vida de otros policías.
A
Cuba Gooding Jr., el actor negro de «Mejor imposible», le tocó aquí ser Jodie Foster aunque con otros fines. Psicólogo conductista brillante, mejor discípulo del paternal Donald Sutherland, el pequeño Cuba se ha propuesto lograr lo que nadie: controlar al doctor-mono, hacerlo hablar, devolvérselo a su resignada familia y readaptarlo, en fin, a la civilización que él tanto detesta. El resultado, como el espectador no tardará en adivinar, será exactamente el contrario, lo que vendría a sostener que los fundamentos clínicos pueden llegar a ser más débiles que la filosofía de los primates.
Tras una primera sesión violenta, en la que sin embargo Cuba puede arrancarle algunas palabras, el vínculo entre ambos se establece. Y es aquí donde se termina Hannibal Lecter y aparecen otros fantasmas: el de Jack Nicholson en «Atrapado sin salida», el de Sigourney Weaver en «Gorilas en la niebla» (a la actriz la citan, aunque por otra razón); en fin, el del «Paraíso perdido» de Milton y hasta el de Rousseau del primitivo bueno corrompido por la sociedad.
Entre tantas referencias cruzadas y no siempre bien avenidas, la película se va deslizando hacia la anunciada conversión del psicólogo quien, a esa altura, no sólo descubre que los carceleros a veces cometen algunas injusticias con los internos, sino que está a punto de abrazar la causa gorila.
«Instinto», eso sí, tiene muy buenos actores: Hopkins es una máscara perfecta, creíble y temible, aun cuando detrás de ella no haya personaje. Cuba Gooding Jr. es tan dinámico con su cuerpo como con sus gestos, y Maura Tierney (como la hija) no tiene el encanto evocado por el apellido aunque sí la fuerza del nombre de pila.

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