26 de diciembre 2003 - 00:00

Interesa el arte revulsivo del talentoso grupo "Ovo Nero"

Interesa el arte revulsivo del talentoso grupo Ovo Nero
D ensidad es la palabra apropiada para la muestra del grupo «Ovo Nero», fundado en 2002 e integrado por Gustavo Chariff (1966), Lorena Guzmán (1977), Gabriel Grün (1978) y Andrés Onna (1975). Formados en la Argentina, en escuelas de Arte nacionales y en talleres privados con importantes artistas ya han realizado muestras individuales en el orden nacional e internacional. Incursionan en la escultura, la restauración de pintura de caballete, la cerámica, la fotografía, la música, de allí, la sólida formación «clásica» de estos jóvenes artistas. Recorren la historia del arte, de ese arte alojado en importantes colecciones de museos y al que actualmente casi no se mira porque en general, son las megamuestras las que atraen multitudes.

Por supuesto no intentan mímesis alguna pero las obras remiten a ese siglo XV que, según Johannes Huizinga, filósofo e historiador de la Edad Media, «fue una época de terrible depresión, de un espantoso pesimismo, de una angustia continua, injusticias y violencias, con el terror del infierno y del Juicio Final, de la peste, de los incendios y del hambre, de los diablos y de las brujas». Algunas de esas amenazas aún se encuentran en los estamentos de la sociedad contemporánea, no obstante los progresos científicos y las libertades conseguidas.

De la misma manera que los artistas del 500 no se proponían descubrir sino destacar de manera relevante el sentido dramático de los temas, la obra de este grupo logra impresionar al contemplador. Particularmente por el predominio del cuerpo humano, tratado sin concesión alguna. A veces con un dejo de belleza clásica, otras, de manera sangrienta. No debe el contemplador asustarse de la sangre. En el arte gótico, en una tapicería del Apocalipsis, San Juan ve al ángel que presenta al demonio un racimo de uvas para arrojarlo en la tina que luego se desbordará como río de sangre. Y en el claustro de Notre-Dame, segunda mitad del siglo XIII, está «La Matanza de los Santos Inocentes», por eso la muerte está presente como uno de los temas que abordan.

Recurren a la apropiación de ismos del pasado y a imágenes del presente, por ejemplo, la del Papa, una foto reciente que recorrió el mundo y que lo muestra extremadamente debilitado. Pero el artista la modifica y cambia su sentido cuando aparece flanqueado por dos niños desnudos. Niños que en otras obras son mostrados como ejemplo del maltrato o dominación que se ejerce sobre ellos y cuyo antecedente son las leyendas de cuentos de hadas. Muestran la tortura, como también lo hicieron los flamencos, Jerónimo Bosch en sus Juicios Finales, que tiene la audacia de pintar al hombre tal como es en su interior o Brueghel con su ejército de esqueletos invadiendo una ciudad.

Como si recorriéramos esas salas de los museos, hay retablos, paisajes con «vedutas», personajes vegetales con ojos vacuos, habitantes del Infierno y del Paraíso, gólgotas contemporáneos, una cruza de magia, fe religiosa, misticismo, una conjunción entre lo sagrado y lo profano, además de una idolatría de lo monstruoso.

Un arte bizarro, revulsivo, que ha existido desde siempre y que, como en la antigüedad, esconde una revelación; no debe olvidarse que los monstruos guardaban la entrada de los lugares sagrados. «Huevo Negro» aparece, como lo señala Claudia Laudanno en el texto introductorio de la muestra, con la intención de «asir de nuevo la condición aurática de la obra», así como distanciarse de un «presente cool, desapasionado y despersonalizado». Cíclicamente hace eclosión la edad de las tinieblas pero también es posible que el hombre goce de períodos de cierta felicidad. El desafío será cómo transmitirla a través del arte con intensidad. Clausura el 10 de enero 2004 (Av. Infanta Isabel 555, frente al Rosedal).

•María Suardi

Hasta fin de mes se puede ver en Galería Atica (Libertad 1240 PB 9)la muestra de la destacada grabadora rosarina María Suardi. En esta ocasión despliega a manera de kakemonos, papel para empapelar, uniendo la excelencia del diseño serigráfico a la posibilidad de la decoración. María Suardi no deja el grabado, disciplina que ejerce con auténtica maestría y constante innovación; recordamos la oposición de texturas en los gofrados de su anterior muestra en la misma galería pero ahora parece solazarse con las pinturas recientes de carácter arcaico, severas en su cromatismo.

En una suerte de alquimia de materiales, las pinturas tienen un espesor matérico que le permite, como en el grabado, hacer incisiones que aparecen como frisos y con una simbología geométrica que remite a lo textil andino, quizás una nueva visión de la artista que bucea en antiguas culturas para incorporarlas a su quehacer.

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