3 de febrero 2026 - 14:47

Jacques Prévert, o la poesía que bajó del Olimpo a la calle

A 126 años de su nacimiento, la obra del autor de “Las hojas muertas” sigue circulando en el cine, la música y la memoria popular, lejos del canon pero cerca de la voz viva

Jacques Prevert, el poeta francés que marcó con su obra la cultura popular de posguerra

Jacques Prevert, el poeta francés que marcó con su obra la cultura popular de posguerra

Mañana se cumplirá un nuevo aniversario de Jacques Prévert, nacido el 4 de febrero de 1900 en Neuilly-sur-Seine. Prévert fue un poeta, guionista y artista que, con una voz sencilla, le dio sabor a la cultura francesa de posguerra, y de allí al mundo entero. Su canción-poema más célebre, “Las hojas muertas” (“Les feuilles mortes”), conoció versiones en casi todas las lenguas.

En nuestro país la hicieron famosa Estela Raval y los Cinco Latinos; sin embargo, dos de sus libros de poesía más importantes, “Paroles” (1945), y “Fatras” (1966, título que significa “mezcla” y que corrió en simultáneo con algunos experimentos de Cortázar), trascendieron el marco de los intérpretes populares y se colaron en las manos de los jóvenes sesentistas que jamás habrían ido a escuchar a Los Cinco Latinos. Muchos de sus poemas, como “Déjeuner du matin” (“Desayuno”) o “Barbara”, hicieron y deshicieron parejas con la misma fuerza. Era el aire de la época, el del café concert, el de Nacha Guevara y Marikena Monti, el del Instituto Di Tella y el café Bárbaro (o Bar-o-Bar, como lo llamaban los más afrancesados).

Prévert saltó a la fama, justamente, por “Paroles”, una colección de poemas que combinaba humor, crítica social y emoción, y que llegó a vender millones de ejemplares desde su publicación, algo inusual para un libro de poesía. “Es un fenómeno atípico”, dijo Alban Cerisier, director de la prestigiosa editorial Gallimard. “Paroles” superó los 4,5 millones de copias vendidas desde 1946 y sus versos, aún en Francia, siguen siendo recitados en festivales y espacios culturales.

Esta popularidad no se explica solo por su poesía, ya que muchos de sus textos se musicalizaron, lo que los llevó más allá de los lectores habituales. Cantantes como Édith Piaf, Yves Montand, y artistas internacionales utilizaron sus versos, transformándolos en parte del repertorio popular del siglo XX.

Pero la obra de Prévert no se limitó a la poesía. De muy joven se integró al movimiento surrealista en los años 20 junto a André Breton y Robert Desnos, aunque luego se distanció para preservar su independencia creativa. Más tarde, su trabajo como guionista lo convirtió en una figura clave del realismo poético en el cine francés.

Sus colaboraciones con el director Marcel Carné, especialmente “Les enfants du paradis” (“Sombras del paraíso”, 1945) marcaron un hito. Esa película es considerada por muchos críticos franceses como una de las más grandes del cine de ese país. “Les enfants du paradis” se rodó durante la ocupación nazi y no se estrenó hasta marzo de 1945. La película no solo es un relato sobre artistas de variedades en la París del siglo XIX, sino también una obra que celebra la imaginación y la libertad en tiempos de censura y represión. Fue votada en 1995 por críticos franceses como “la mejor película jamás filmada”.

Prévert mantuvo con la política una relación constante pero antidoctrinaria. Antes de la guerra había participado activamente en el Groupe Octobre, un colectivo teatral ligado a la izquierda que llevaba escenas satíricas y de agitación a fábricas y actos sindicales, y durante la Ocupación alemana eligió una forma de resistencia discreta pero eficaz: permaneció en Francia, colaboró en proyectos cinematográficos bajo condiciones difíciles, entre ellos “Sombras del paraíso”, que, sin consignas explícitas, exaltaba la libertad individual, el teatro popular y la rebelión frente a la autoridad, valores leídos entonces como un gesto de resistencia.

Tras la Liberación, Prévert nunca se afilió al Partido Comunista, y mantuvo una distancia crítica respecto de toda ortodoxia, pero sostuvo posiciones claras: fue antibelicista, anticolonial, opositor a la pena de muerte y solidario con causas de izquierda sin aceptar disciplina partidaria. Su política no pasó por el panfleto sino por el lenguaje, una defensa de los marginados, una burla sistemática a los poderes instituidos —el Estado, la Iglesia, el Ejército— y una fidelidad a la libertad individual que lo convirtió en una figura perturbadora tanto para la derecha como para la izquierda dogmática.

Además de Carné, Prévert colaboró con otros cineastas mayúsculos del período, como Jean Renoir y Jean Grémillon, en títulos que definieron el estilo del cine francés de la década de 1930 y 1940.

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Yves Montand y Serge Reggiani en la escena de

Yves Montand y Serge Reggiani en la escena de "Las puertas de la noche", de Marcel Carné, donde debutó la canción "Las hojas muertas"

Valoración

El debate sobre la relevancia artística de Prévert lleva años. En algunos sectores críticos se lo caracteriza como un poeta excesivamente sencillo. Prévert no creía en la “poesía elevada”. Detestaba la solemnidad y desconfiaba de los poetas profesionales. Esa postura, que lo volvió extremadamente popular en su tiempo, es también la razón por la que ciertos sectores críticos lo miraron, y aún lo miran, con desdén. Michel Houellebecq lo calificó de manera despectiva, más por su estilo accesible que por su contenido.

Pese a estas críticas, hay consenso de que esa accesibilidad es lo que le ha dado a Prévert una vida larga en las reediciones, en los recitales y en las lecturas públicas. Cerisier subrayó que su poesía “ofrece una expresión simple, libre y musical de los sentimientos humanos” y que su presencia permanente es un testimonio de su efecto duradero más allá de Francia.

En términos cinematográficos, su legado como guionista también inspiró a generaciones posteriores. Su estilo, que integraba poesía, diálogo naturalista y construcción de personajes, ha sido citado como antecedente de formas narrativas más libres en el cine europeo.

Prévert perteneció a una tradición francesa hoy algo desdibujada, la de la poesía que circula hacia la canción. No se trata solo de poemas musicalizados, sino de una concepción del lenguaje como algo destinado a ser dicho, compartido. En ese territorio, Prévert ocupa una posición fundacional, un punto de cruce entre el surrealismo, el cine popular y la chanson. Su alianza con el compositor Joseph Kosma fue decisiva. Juntos construyeron un repertorio que marcó a generaciones enteras y que sigue activo en la memoria cultural.

El caso más notable es la citada “Las hojas muertas”, poema escrito por Prévert y convertido en canción por Kosma, que tuvo su estreno en 1946 en la película “Les portes de la nuit” (“Las puertas de la noche”), también dirigida por Carné. Sin embargo su protagonista, Yves Montand, quien poco después haría la versión más celebre, no la canta en el film: sólo se la escucha tocada con una armónica por Jean Vilar, más tarde fundador del Teatro Popular Francés.

La canción apareció casi como un susurro melancólico en una Francia que salía de la ocupación alemana. No era una canción de victoria ni de consuelo fácil: hablaba del amor perdido, del tiempo que pasa, de la memoria como hoja seca arrastrada por el viento. El efecto fue inmediato y duradero.

“Les feuilles mortes” se convirtió en una de las canciones francesas más versionadas del siglo XX, traducida a múltiples idiomas, en inglés como “Autumn Leaves”, e incorporada al repertorio del jazz internacional. La cantaron, entre otros, Billie Holiday, Chet Baker, Frank Sinatra. Es un dato clave para entender la dimensión de Prévert: un poeta que terminó influyendo en la canción popular global, sin que su escritura perdiera identidad.

En esa misma línea se inscribe su parentesco natural con Georges Brassens porque comparten una ética y una estética: la desconfianza hacia las instituciones, rechazo al moralismo, defensa de la libertad individual, humor corrosivo y una ternura obstinada por el ciudadano de a pie. Brassens llevó a la guitarra lo que Prévert había puesto en el poema y el guión. Ambos fueron populares y, por eso mismo, mirados con recelo por una parte de la crítica.

La chanson francesa de posguerra funcionó como un verdadero espacio de circulación poética. Prévert fue uno de sus principales nombres. Sus textos no bajaban el nivel para llegar al público, sino que confiaban en la inteligencia emocional del oyente. Esa confianza es lo que hoy resulta más radical de su obra.

Con el paso del tiempo, esta tradición de poesía-canción fue perdiendo centralidad frente a otras formas culturales. La canción popular se desplazó hacia lo estrictamente musical o hacia lo confesional, y la poesía volvió a refugiarse en circuitos más cerrados. En ese contexto, la figura de Prévert parece haber retrocedido en visibilidad, pero no en presencia real. Sus versos siguen apareciendo en canciones, películas, libros, recitales, redes sociales.

Volver hoy a “Les feuilles mortes” —a su estreno cinematográfico, a su tono contenido, a su melancolía sin grandilocuencia— permite entender por qué Prévert no es un poeta olvidado sino un autor desplazado hacia una zona menos visible pero más persistente. Ya no encabeza los debates teóricos, pero sigue siendo parte del paisaje afectivo de la lengua francesa.

Su presencia en la memoria cultural sigue sólida entre el público lector general, en el cine clásico, en la música y en la vida cotidiana de muchos países. La batalla por su legado —como la que se libra en París por su apartamento-museo— es también una medida de que su figura no está en decadencia, sino en disputa activa.

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