«Soul». Espectáculo con coreografía y actuación de Joaquín Cortés. Mús.: J. Fernández (flauta), J. Luis Fides Losada (guitarra), Pablo S. (teclados), A. Vargas, A. Carbonell, (cantaores), A. De los Reyes, V. Borja e I. Molina (cantaoras), músicos de cuerda y percusión y cuerpo de baile. Vest.: G. Armani. (Teatro Gran Rex.)
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(5-12-00) El título del nuevo espectáculo del bailarín gitano Joaquín Cortés, «Soul», remite a la música negra con su costado étnico-marginal y explica de alguna manera los contenidos jazzísticos del show. De todas formas, Cortés nunca abandona sus ancestros ni el estilo de baile flamenco que lo hizo famoso, convirtiéndolo en una figura de brillo internacional de la danza, a la que ha sazonado convenientemente con algunos escándalos sentimentales, todo muy bien vestido por Armani y naturalmente con atmósfera «fashion».
Lo cierto es que más allá de su divismo, Cortés es un excelente bailarín que por momentos deslumbra con su singularidad de movimientos y su avasallante personalidad. Desde su aparición en el escenario, solo, acompañado por un grupo de cantaores y músicos en un energético martinete, todas las apariciones del bailarín deslumbran por la infinidad de recursos que pone en juego, por su dominio absoluto de la técnica del flamenco y por la seducción y expresividad que se desprende de su cuerpo escultórico.
La impronta del modisto Giorgio Armani, quien desnuda o viste con arte su figura, está presente en todo el show, en el que naturalmente lo que más importa es él. La búsqueda del impacto se percibe, cuando por ejemplo, entra por la platea con el torso desnudo y una enorme bata de cola negra de varios metros de volados para luego entregarse a un solo sufriente y de aire andrógino.
Además de sus danzas solitarias Cortés es centro de disciplinados y bellos cuadros de conjunto donde diez bailarines lo acompañan en sus evoluciones felinas. Los músicos resultan muy eficientes en todos los casos, tanto los de pura estirpe flamenca (cantaores y tres estupendas cantaoras) como los que vienen de otras formas como los percusionistas y bajistas de clara presencia jazzística y afrocubana.
La escena está siempre muy cuidada, con un revelador diseño lumínico y el ya citado vestuario de Armani (fundamentalmente en negro, lacre o blancos) que llega a su máxima expresión en un cuadro de reminiscencias habaneras en el que sonido y visualidad remite a la Cuba precastrista. En cuando a la modificación sonora siempre es excesiva, por momentos no permitiendo apreciar el valor de los matices instrumentales ni las inflexiones de las voces flamencas. Una pena.
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