1 de marzo 2000 - 00:00

"JUANA DE ARCO"

¿C uáles fueron las voces, divinas o no, que llevaron al director Luc Besson a acometer este temerario rodaje? La nueva Juana de Arco ( Milla Jovovich) tiene, en esta insólita reencarnación, más de centroforward que de guerrera, más de mujer maravilla que de santa, y la película no termina de decidirse nunca entre el cómic new age y la astracanada histórica.
Juana se planta en el campo, suda, arenga con gritos casi deportivos a ese ejército de extras que reaccionan con la misma lentitud de reflejos que en las viejas escenas de batalla clase B (los soldados parecen dormidos pero, con el llamado de la líder, se entusiasman con estridencia y al unísono); en verdad, no desentonaría la aparición, para acudir en su ayuda, de Asterix y Obelix tal como se los vio hace poco en pantalla defendiendo las armas galas.
Y esto no es un sarcasmo: la estética de la película, más allá de su irreprochable ambientación, diseño de vestuario y maquillaje, más música al tono (coral y cavernosa, desde luego), se corresponde con la de una humorada sanguinolenta que nunca termina de concretarse y que, por lo tanto, termina traicionada pese al evidente deseo de
Besson; parecería que el mensaje espiritualista de la historia, en versión new age, y la respetada tradición en cine de la doncella de Orléans se lo hubieran impedido.

 Estilo

Pero allí están ese estilizado morbo en los efectos especiales con cabezas cortadas, fragmentos de pies y torsos devorados por los cuervos y los lobos; esos cuadros de combate con catapultas que voltean a los franceses como en un bowling gigantesco y disparatado y que recuerda a los Monty Python en la Edad Media; ese test de la virginidad, tan gráfico, al que someten a Juana; esas batallas y esas cortes palaciegas, en fin, siempre al borde de la parodia pero sin atreverse a entrar en ella.
Paradojalmente, y pese al enemigo de la historia, esta superproducción francesa está hablada en un colorido inglés, detalle que molestó no sólo en París sino en casi todas partes; ni qué decir cuando uno de los usurpadores de la fortaleza de Reims, al verse cercado por la bravía guerrera, exclama -como si estuviera en Harlem-«Fuck yourself, you fucking bitch!» (expresiones que, más allá de su discutible elegancia, ingresaron en la lengua inglesa recién a mediados del siglo XIX, y difícilmente las hubiera pronunciado un soldado británico anterior inclusive a Shakespeare).

 Abarcador

El libro pretende abarcar toda la historia de Juana y ya no sólo su proceso en manos de los traidores borgoñones: la vemos desde que es niña, iluminada por espadas mágicas que refulgen como en la MTV, y luego nos enteramos de que su odio a los ingleses no sólo es político sino personal: escondida, es testigo de cómo un invasor mata y viola (en ese orden) a su hermana mayor. Llegada a la corte en Chinon del cobarde Carlos VII (John Malkovich, que apenas soporta el peso de sus tics) y de la suegra de éste, Yolanda de Aragón ( Faye Dunaway, cuyos propios tics han sido barridos por el lifting), Juana debe superar primero una prueba casi televisiva, «identifique al Delfín», antes de que le permitan proponerle la guerra santa por mandato divino.
Ese mandato, provocado por sus visiones, tiene tres encarnaciones sucesivas: primero un niño en un trono, luego un Cristo que sangra copiosamente, y por último un monje siniestro y charlatán en la figura (y el acento) de
Dustin Hoffman, que le habla a la iletrada doncella con conceptos dialécticos sobre el ser y el parecer y las trampas de la fe. Evidentemente, Besson se siente más cómodo en otros géneros, y el espectador también.

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