1 de marzo 2000 - 00:00
"JUANA DE ARCO"
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Juana se planta en el campo, suda, arenga con gritos casi deportivos a ese ejército de extras que reaccionan con la misma lentitud de reflejos que en las viejas escenas de batalla clase B (los soldados parecen dormidos pero, con el llamado de la líder, se entusiasman con estridencia y al unísono); en verdad, no desentonaría la aparición, para acudir en su ayuda, de Asterix y Obelix tal como se los vio hace poco en pantalla defendiendo las armas galas.
Y esto no es un sarcasmo: la estética de la película, más allá de su irreprochable ambientación, diseño de vestuario y maquillaje, más música al tono (coral y cavernosa, desde luego), se corresponde con la de una humorada sanguinolenta que nunca termina de concretarse y que, por lo tanto, termina traicionada pese al evidente deseo de Besson; parecería que el mensaje espiritualista de la historia, en versión new age, y la respetada tradición en cine de la doncella de Orléans se lo hubieran impedido.
Paradojalmente, y pese al enemigo de la historia, esta superproducción francesa está hablada en un colorido inglés, detalle que molestó no sólo en París sino en casi todas partes; ni qué decir cuando uno de los usurpadores de la fortaleza de Reims, al verse cercado por la bravía guerrera, exclama -como si estuviera en Harlem-«Fuck yourself, you fucking bitch!» (expresiones que, más allá de su discutible elegancia, ingresaron en la lengua inglesa recién a mediados del siglo XIX, y difícilmente las hubiera pronunciado un soldado británico anterior inclusive a Shakespeare).
Ese mandato, provocado por sus visiones, tiene tres encarnaciones sucesivas: primero un niño en un trono, luego un Cristo que sangra copiosamente, y por último un monje siniestro y charlatán en la figura (y el acento) de Dustin Hoffman, que le habla a la iletrada doncella con conceptos dialécticos sobre el ser y el parecer y las trampas de la fe. Evidentemente, Besson se siente más cómodo en otros géneros, y el espectador también.




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