"KATE Y LEOPOLD"

Espectáculos

«Kate y Leopold» («Kate and Leopold», EE.UU., 2001, habl. en inglés). Dir.: J. Mangold. Int.: M. Ryan, H. Jackman, L. Schreiber, B. Meyer y otros.

E n «Kate y Leopold», el australiano Hugh Jackman es el Tom Hanks del siglo XIX: apenas se traslada a la Nueva York de hoy desde 1876, a través de un hueco en el tiempo, se enamora de Meg Ryan. Leopold es un noble a pesar suyo, partidario de la iniciativa individual y enemigo de los privilegios de clase (casi podría formar parte de la Carta Magna); Kate la pujante profesional de una agencia publicitaria, un poco más pragmática, y por supuesto asediada por su jefe.

La comedia, producida bajo las estrictas normas del neorromanticismo dulzón de Hollywood, no deja de ser agradable pese a su absoluta previsibilidad. En la misma línea de «Sintonía de amor» y «Tienes un e-mail», acá no hay radio ni correo electrónico (ni Hanks) que dilaten el ansiado momento del romance, aunque sí los trastornos de un viaje a través de los años que supone, al principio, incredulidad por ambas partes, y más tarde tiempo para la adaptación. Y desde luego, tomar la decisión de «tu siglo o el mío» si es que se atreven a ser felices para siempre.

Este tipo de películas, cuyo desenlace no debe sorprender sino alegrar al público (ya bastante angustia produce la incógnita del valor del dólar como para que el amor tampoco triunfe en el cine), suelen ofrecer sus mejores momentos en sus aspectos complementarios, y
«Kate y Leopold» tiene algunos buenos.

La escena del rodaje del aviso publicitario que lo lleva a él como modelo viviente (y su posterior reacción al conocer la calidad del producto que le intentan hacer vender), ciertas líneas de diálogo felices y algunos personajes secundarios bien caracterizados sostienen, amenamente, la culminación esperada.

Bloopers

Lo que llama la atención es que con tantos «doctores de guión» como tiene Hollywood se cometan bloopers como el que ocurre en este film (y no es el único).

En un restaurant, el jefe de Kate intenta seducirla con alardes intelectuales: la invita a ver
«La Bohème» y le dice, para impresionarla, que él aprendió francés gracias a esa ópera, de la que admira al protagonista Adrián.

Y le pregunta a Leopold, quien también está con ellos:
«¿A usted le gusta 'La Bohème'?». «Es una de mis favoritas», responde con suficiencia. «Pero, aunque transcurre en Francia, no se canta en francés sino en italiano, y su protagonista no se llama Adrián, sino Rodolfo». Kate queda maravillada y su jefe humillado.

Lástima que
«La Bohème» se estrenó en 1896, es decir, 20 años después del viaje de Leopold. Eso es lo que dice ser un pucciniano fanático: a la edad de Leopold, el maestro de Lucca tenía 18 años, y era un pobre e ignoto estudiante de música en Milán.

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