Stephen King «Buick 8. Un coche perverso» (Barcelona, Plaza & Janés, 2002, 380 págs.)
E sta es la segunda vez que Stephen King elige como villano a un automóvil de los años '50. En su novela «Christine», publicada en 1983, ya había dado vida a un caprichoso Plymouth modelo 58, que luego de involucrarse con su dueño en un conflictivo triángulo amoroso terminaba convertido en un asesino serial. La idea de un auto pensante y con mentalidad criminal puede resultar algo absurda o poco convincente, pero no para un narrador tan hábil como Stephen King que siempre se ufanó de hacer creíble lo increíble y de instalar el horror en ambientes tradicionalmente pacíficos y familiares. «Buick 8. Un coche perverso» transcurre en una estación de policía, ubicada en la rural Pensilvania. Allí, un grupo de troopers (una división equivalente a nuestra gendarmería), ve perturbada su rutina diaria con la llegada de un deslumbrante Buick 8, abandonado en una estación de servicio por un misterioso personaje que huye sin dejar rastro.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
El Buick tiene la apariencia de un auto elegante pero sus comandos son falsos y la policía decide guardarlo en un covertizo hasta resolver el enigma. Como es de rigor, enseguida comienzan a producirse varias muertes y una infinidad de fenómenos sobrenaturales. Lamentablemente, este grupo de esforzados policías -al que se suma un adolescente dispuesto a investigar la implicancia del Buick en la muerte de su padre- resulta algo esquemático y de muy poco atractivo. Y lo mismo ocurre con el ambiente rural donde se desarrolla la historia (sede de la comunidad Amish), que sólo funciona como telón de fondo.
La narración está construída en base a los testimonios de varios personajes, pero los momentos de verdadero suspenso son pocos y muy fragmentados. King se esfuerza en reproducir nuestra ancestral perplejidad ante lo desconocido, sin tener en cuenta que las situaciones e imágenes que recrea ya hace tiempo perdieron su novedad a través del cine y la televisión.
El Buick en cuestión devora gente y algunos animalitos que se le ponen a tiro, pero también se ocupa de «parir» seres extraños y repulsivos que el autor describe minuciosamente para brindarle al lector alguna emoción fuerte. Por más que explique al detalle el estado de shock que viven los protagonistas o las extrañas reacciones del perro de la brigada, es obvio que todas sus descripciones apuntan a provocar asco, antes que miedo. King insiste en describir efluvios nauseabundos («El olor se reavivó, recordándole a Sandy el día en que su madre, devorada por el cáncer y quedándole menos de una semana de vida, le había eructado en la cara») o las desagradables apariencias de esos seres paridos por el Buick, que supuran sustancias tan pegajosas como «semen caliente de toro». Todas estos incidentes sólo logran que el lector -más aburrido que asqueado- vaya perdiendo el interés en las andanzas de este perverso Buick.
Hace unos años King fue víctima de un accidente automovilístico que casi le cuesta la vida. Para entonces ya tenía un esbozo de esta novela, que más tarde pudo terminar luego de un largo tratamiento de rehabilitación. En el epílogo de «Buick 8», King rechaza la idea de que ambos hechos estén relacionados. Y habrá que creerle, ya que la novela carece de intensidad y se limita a repetir con menos éxito la misma vieja fórmula que dio origen a muchas de sus novelas, entre ellas «It», «El resplandor» o «Cementerio de animales».
Dejá tu comentario