Con técnicas
publicitarias,
el director
Sapir firma
su propia
fantasía
orwelliana en
«La antena».
«La antena» (id., Argentina, 2006, habl. en esp.); Guión y dir.: E. Sapir; Int.: A. Urdapilleta, F. Raggi, R. Ferro, J. Cardinali, S. Moreno, J. Sandor, C. Piñeiro, R. Hochman.
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Esta película tiene un nivel de ingenio visual, riqueza musical, y habilidad creativa que muchos creían impensable para el cine argentino. Pero no lo es, para el cine publicitario argentino, donde se forman y practican los responsables de tanta excelencia. Por algo, entre los varios agradecimientos finales aparece uno dedicado «a la publicidad», así, en líneas generales, y para fastidio de quienes insisten en separar a los realizadores en dos categorías, según «se ensucien» o no con ese oficio.
Particularizando, hay que aplaudir a Leo Sujatovich (música), Daniel Gimelberg (dirección de arte), Hernán Cottet (fotografía), Tomás García (diseño gráfico), la productora ladobleA, y, especialmente, al realizador Esteban Sapir, que hace muchísimos comerciales, y cada diez años un largometraje.
Primero fue el singular «Picado fino», de 1993, donde importaban mucho la gráfica y los silencios. Y ahora, «La antena», una rareza todavía mayor, que filmó en 2004, dedicando luego dos años a la postproducción. Se explica: «La antena» es una fábula casi enteramente muda, de ciencia ficción, melodrama, intriga y suspenso, ambientada en una ciudad que parece de los años '20 o '30, donde siempre está nevando, y que ha perdido la voz, dominada por el Señor TV, al que pocos se acercan.
El impone su emisora, su propaganda, sus cajas de alimentos, todos con el mismo logotipo espiralado, hipnótico. Y está desarrollando un invento aún más terrible.
Por eso rapta a la única mujer que todavía tiene voz en toda la ciudad, una cantante. Pero el hijito de ella, un niño sin ojos, también tiene voz. Y tiene una amiguita, y el padre de la nena, aparentemente un inventor infeliz, tiene un plan.
La historia es atractiva. La ambientación, la imagen en blanco y negro, el modo de actuación, los climas y comentarios musicales, las sobreimpresiones y los barridos de viejo estilo, son fascinantes.
Y caen simpáticos los saludos a Mèliés, Franju, el cine negro americano, las onomatopeyas de historieta, los viejos billetes moneda nacional, etc., etc., y los subtítulos. Que no son exactamente «sub», sino más bien leyendas muy particulares y variadas. Un solo ejemplo: ante su ex mujer, el protagonista dice «mi eX mujer», y ella queda tapada por la X bien grande.
En suma, un trabajo ingenioso, admirable, entretenido, muy bueno, especial para quienes aman las películas viejas y los cuentos sin explicación que remueven curiosas sensaciones ocultas en algún lugar del cerebro. Para otros (es aceptable) puede parecer una cosa más rara que buena, y punto, pero, aún así, realmente vale la pena.
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