"LA BELLEZA DE VENUS"

Espectáculos

S in ser una gran película, «La belleza de Venus» tiene encanto y, fundamentalmente, a la dúctil Nathalie Baye rodeada por un puñado de buenas actrices, a muchas de las cuales recién descubrimos aquí del mismo modo que a su directora Tonie Marshall. No se estrena mucho cine francés en la Argentina, y seguramente el reciente festival dedicado a esa cinema-tografía ayudó a que este film llegue a los cines.
Película de mujeres, sí, pero por suerte no sólo para mujeres (es más, no todos los hombres son estúpidos y varias de las mujeres que aparecen en pantalla hacen estupideces), narra con humor el devenir cotidiano de un salón de belleza comandado por una especie de muñeca Barbie envejecida (la estupenda Bulle Ogier), con habilidad para los números y para tener contenta a la clientela, pero no tanto para poner en caja a la más díscola de sus tres empleadas.
Las otras dos están más ocupadas en sus propias vicisitudes existenciales que en cuestiones gremiales.
Una (Audrey Tautou) es una chiquilina que está siendo seducida por un viejo aventurero con plata y charme suficientes como para que la diferencia de edad y el aspecto físico sean «incentivos sexuales», y a la otra (la oto-ñal Baye) la persigue un atractivo treintañero que se enamoró de ella por la calle y sin mayor motivo.

 Protagonista

Aunque buena parte del film transcurre en el salón de belleza, a la única que la cámara sigue hasta su casa es al personaje de Nathalie Baye, la verdadera protagonista. Y aunque retrata todo tipo de especímenes femeninos, son las contradicciones de esta cincuentona (que confiesa 40 y se siente de 20) las que mejor explora el guión de Marshall y Marion Vernoux. Y no es que se diga nada nuevo sobre el alma femenina, tampoco. La gracia está en cómo se dice y, mejor todavía, cómo las dice ella. No se crea sin embargo que alguien anda por ahí diciendo verdades, más bien todos los personajes airean sus cuestiones delante de la cámara, por más que de vez en cuando haya algún detalle inverosímil que, de todos modos, regocija a la platea y no afecta al resultado general.
Dichas cuestiones incluyen hasta un intento de suicidio cuya inteligente desdramatización ilustra sobre el tono de todo lo demás: «siempre me pasa así, tomo una pastilla, y es como con los chocolates, ya no puedo parar», le dice la suicida frustrada a su visita en el hospital, antes de posar una mirada felina en el apuesto médico que acaba de entrar.

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