7 de marzo 2002 - 00:00
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Altman supervisa una escena
Altman estratifica la casa según la ortodoxia de la época: los criados abajo, con la imposición de resignar sus verdaderos nombres por el de sus amos, y éstos arriba, intercambiando cumplidos o ponzoña según las circunstancias. La línea divisoria, sin embargo, ahora es mucho más sutil, engañosa, y el intercambio de un nivel al otro representa en consecuencia lo más rico de la película y se manifiesta a través de alianzas, rebeldías, traiciones e imposturas. Allí va saliendo a la luz la verdad, en la que el crimen, como se dijo, parece casi un accesorio. Desde luego, sería poco elegante revelar en esta reseña en qué consiste cada una de estas variantes, más grave aun que hacerlo con la identidad del asesino.
«Gosford Park», de esa suerte, es como la revisita al mundo de Agatha Christie con la exquisitez formal de un James Ivory y la mirada burlona de Altman presidiendo todo. Si su cámara traza los complejos y ricos movimientos de siempre, el guión de Julian Fellowes no es menos brillante.
El personaje de la noble decadente que hace Maggie Smith no tiene parangón, y lo mismo puede decirse de la criada rebelde de Emily Watson, la magnífica ama de llaves de Helen Mirren (a quien se le desearía más participación en pantalla, pero Altman limitó, democráticamente como lo exige el espíritu del film, los lucimientos individuales) o la noble aburrida y lasciva de Kristin Scott-Thomas.
Capítulo aparte es el grupo de norteamericanos que vienen desde Hollywood, capitaneados por el mismo Balaban (como se dijo antes, coautor de la idea y hasta productor ejecutivo), y que desentonan en esa casa como lo haría John Wayne en una película de Visconti. Detalle imperdible: Balaban acepta ir a esa jornada de cacería en la que, en su condición de vegetariano, sufre todo el tiempo.
Lujos accesorios de la producción son ver, en papeles siempre menores, inclusive hasta con pocas frases, a Alan Bates, Derek Jacobi, Charles Vance y Stephen Fry, éste último como el detective de mayor impericia y candidez que pueda haber concebido Altman para su «ratonera» falsamente policial y de irresistible atractivo.




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