7 de marzo 2002 - 00:00

La brillante lupa de Altman investiga el fin de una era

Altman supervisa una escena
Altman supervisa una escena
(07/03/02) «Gosford Park-Crimen de medianoche» («Gosford Park», Inglaterra, EE.UU. Italia, 2001; habl. en inglés). Dir.: Robert Altman. Int.: M. Gambon, K. Scott-Thomas, H. Mirren, A. Bates, E. Watson, B. Balaban y otros.

N inguno de los misterios de esta nueva y brillante película de Robert Altman concierne a la identidad del asesino. Un crimen, cometido a la medianoche, tiene la misma gravitación de un comentario sarcástico dicho al pasar, de una mirada llena de sobreentendidos, de un exabrupto. Lo auténticamente revelador son los lazos insospechados entre algunos de sus protagonistas, que no son otra cosa que reflejos de una cultura que se está rompiendo (la Europa clasista, en las postrimerías de la entreguerra) y que dará paso, después de los largos años de sangre, al mundo contemporáneo.

En «Gosford Park», Altman y el coautor de la idea del film, Bob Balaban, se apropian de los ambientes y los recursos clásicos de la novela policial inglesa con una intención que va mucho más allá de la simple parodia o la «vuelta de tuerca» al género: el mundo de Agatha Christie, por recordar a la más emblemática representante de esta literatura, es un mundo rígido y ordenado donde el infalible detective, a través de la razón, restaura ese pequeño caos representado por el crimen, desenmascara al asesino, y el té se puede seguir tomando a las cinco sin sobresaltos. Los personajes, en esas novelas, son unívocos y tan memoriosos como el detective: jamás olvidan con quién y qué estuvieron haciendo a las 10.47 de un día determinado, aunque sea años atrás.

Los invitados que van llegando a la jornada de cacería que ofrece en Gosford Park Sir William McCordle y su mujer, Lady Sylvia, no tienen nada en común con ellos. Son personajes de Altman, lo que es decir que arrastran todas sus neurosis, resplandores y miserias a cuestas, y que cuando entran en la mansión se sienten tan inhibidos y desorientados como puede estarlo el espectador en los primeros minutos de proyección al ver tantas caras y nombres nuevos. Al irse acomodando (una vez más, igual que el espectador) empezarán a tomar partido y sentir simpatías o rechazos por uno o por otro.

Dicho de otra forma: los personajes de «Ciudad de ángeles» se han mudado de California a una casa de campo inglesa en 1932, ahora son británicos en su mayoría, pero a pesar de su acento y maneras lucen tan desangelados y frágiles como siempre.

Estratos

Altman estratifica la casa según la ortodoxia de la época: los criados abajo, con la imposición de resignar sus verdaderos nombres por el de sus amos, y éstos arriba, intercambiando cumplidos o ponzoña según las circunstancias. La línea divisoria, sin embargo, ahora es mucho más sutil, engañosa, y el intercambio de un nivel al otro representa en consecuencia lo más rico de la película y se manifiesta a través de alianzas, rebeldías, traiciones e imposturas. Allí va saliendo a la luz la verdad, en la que el crimen, como se dijo, parece casi un accesorio. Desde luego, sería poco elegante revelar en esta reseña en qué consiste cada una de estas variantes, más grave aun que hacerlo con la identidad del asesino.

«Gosford Park»
, de esa suerte, es como la revisita al mundo de Agatha Christie con la exquisitez formal de un James Ivory y la mirada burlona de Altman presidiendo todo. Si su cámara traza los complejos y ricos movimientos de siempre, el guión de Julian Fellowes no es menos brillante.

El personaje de la noble decadente que hace
Maggie Smith no tiene parangón, y lo mismo puede decirse de la criada rebelde de Emily Watson, la magnífica ama de llaves de Helen Mirren (a quien se le desearía más participación en pantalla, pero Altman limitó, democráticamente como lo exige el espíritu del film, los lucimientos individuales) o la noble aburrida y lasciva de Kristin Scott-Thomas.

Capítulo aparte es el grupo de norteamericanos que vienen desde Hollywood, capitaneados por el mismo
Balaban (como se dijo antes, coautor de la idea y hasta productor ejecutivo), y que desentonan en esa casa como lo haría John Wayne en una película de Visconti. Detalle imperdible: Balaban acepta ir a esa jornada de cacería en la que, en su condición de vegetariano, sufre todo el tiempo.

Lujos accesorios de la producción son ver, en papeles siempre menores, inclusive hasta con pocas frases, a
Alan Bates, Derek Jacobi, Charles Vance y Stephen Fry, éste último como el detective de mayor impericia y candidez que pueda haber concebido Altman para su «ratonera» falsamente policial y de irresistible atractivo.

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