La CIA, excusa para un notable De Niro

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«El buen pastor» (The Good Sheperd, EE.UU.. 2006; habl. en inglés). Dir.: R. De Niro. Int.: M. Damon, A. Jolie, W. Hurt, A. Baldwin, M. Gambon, T. Hutton y otros.

"El buen pastor" es menos un thriller de espionaje sobre los orígenes de la CIA que un árido «Padrino» desplazado de la familia al Estado: si Vito Corleone encontraba, en el marco de las relaciones sanguíneas, el único sostén que justificaba su lugar en el mundo, y sus actos, Edward Wilson, el agente de inteligencia que interpreta Matt Damon (que logra un personaje más concentrado y atormentado que el de Gene Hackman en «La conversación»), carece de esa seguridad, o de ese consuelo: su lealtad excluyente es para con los coyunturales intereses de la nación, a los que debe hasta sacrificar -como el Abraham bíblico hasta los de su propia familia.

No por azar se oyen, en la puesta en escena del libro de Eric Roth, reiterados ecos de la saga sobre las historias de Mario Puzo: detrás de este extenso e intenso largometraje de casi tres horas de duración no sólo está Robert De Niro, en su segunda película como realizador, sino el propio Francis Coppola en la producción.

«El buen pastor» se basa, libremente, en las memorias de dos agentes reales de la CIA, James Angleton y Richard Bisell, aunque su alcance trasciende el registro histórico. Tomando como punto de referencia el revés norteamericano en Bahía de los Cochinos, a principios de los '60, Wilson -ya por entonces un paranoico agente de rango en la Agencia-se enfrenta a la misión que le encomienda un superior (William Hurt): determinar de quién provino la filtración que condujo al fiasco, a la vez que debe, implícitamente, defender su inocencia. Algunas imágenes borrosas de una pareja, y las cintas de audio con una voz femenina que repite «Conmigo estarás seguro» son la clave y el resorte sobre el que se sostiene la compleja arquitectura argumental del film. «Todo espía es, en el fondo, un romántico», definió una vez con cinismo Robert de Niro al personaje. A su manera, Wilson lo es: de otra forma no puede entenderse una vida en la que todo es sospechable, donde todo puede ser mentiroso y falso, con ciega excepción de la causa que lo llevó a vivir una vida así. Armado sobre permanentes flashbacks, «El buen pastor» informa sobre los orígenes del destino de Wilson: un chico acomplejado, testigo del suicidio de su padre, atribulado miembro de una sociedad estudiantil secreta, el futuro agente también es un hombre de reprimida sensibilidad poética, cuyo bautismo de fuego será la delación con fines superiores cuando se le encomiende que vigile a su germanófilo profesor de literatura en Yale (extraordinaria interpretación de Michael Gambon).

El largo arco de la existencia de Wilson comprende un momento crucial: su vínculo con la organización norteamericana de espionaje OSS, antecedente de la posterior CIA en los años de la Segunda Guerra Mundial. Las escenas en Londres, rodadas con el aura de los films de espionaje de los '40, incluyen la aparición del propio De Niro en un breve pero eficaz papel: un general físicamente impedido, de relevancia en la creación de la Agencia. Más tarde, hay otra fugaz y antológica participación: la de Joe Pesci, uno de los incondicionales del clan De Niro, en el papel -desde luego-de un mafioso italiano; le dice a Wilson, cuando éste concurre a chantajearlo: «Nosotros tenemos a la Iglesia y la familia, los irlandeses tienen su patria, los judíos tienen sus tradiciones, y hasta los negros tienen su música. ¿Ustedes, qué tienen?». Y Wilson le responde, secamente: «A los Estados Unidos de América. Todos los demás son visitantes». Acaso, la mejor síntesis del film.

Para un hombre cuyo único alivio, y tal vez único erotismo permitido, es el hobbie de introducir barcos en miniatura dentro de botellas, las mujeres tienen esa misma condición en su vida, la de visitantes, y hasta posibles delatoras. Angelina Jolie, en un papel contra natura, le da vida a su sufrida y paciente esposa.

En la última hora del film, acaso la más vertiginosa de una historia que no tiene problemas en tomarse su tiempo, encajan no sólo las piezas del rompecabezas sino que el personaje termina de definirse con exactitud. Un personaje seco, antipático y profundo, que termina demostrando que «El buen pastor», al igual que el primer film de De Niro («Una luz en el infierno»), vuelve a ser, ante todo, una notable película sobre padre e hijo. Posiblemente, el tipo de personaje y el tipo de film que menos espera el Hollywood de hoy, y que explica la ignorancia del film a la hora de los Oscars y la relativa aceptación en las boleterías.

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